La autoestima se puede definir como el enjuiciamiento que el sujeto hace de su propia persona respecto a su valía y sus capacidades en base a una serie de normas y leyes internas que ha de cumplir, de unas metas a alcanzar. La comparación del yo actual -lo que la persona considera que tiene- con el ideal del yo -conjunto ideal de normas, aspiraciones y metas- incide en el incremento o disminución de la autoestima, esto es, de la valoración que el sujeto hace de sí mismo. De la consecución -subjetiva- de estos objetivos vitales y del cumplimiento de estas normas dependen las fluctuaciones de la autovaloración: valemos en relación a lo que consideramos que hemos logrado, siempre y cuando estos logros posean algún valor, encajen con nuestro sistema de valores. Cuando el sujeto no logra o cree que no logra dar satisfacción a estas aspiraciones personales, la autoestima decae, surgiendo los pensamientos de autodesprecio, culpa, lamento, queja o reproche, ideas que influyen negativamente sobre el estado de ánimo y que producen malestar e incluso patología.

Para poder adentrarnos a mayor profundidad en la cuestión que nos ocupa nos vemos obligados a dar un rodeo en cuanto a la constitución del sujeto, y en concreto del yo.

Tras definir Freud al niño pequeño en su texto Introducción al narcisismo como His majesty the baby, al que denomina irónicamente nódulo de la creación, escollo ante el que la enfermedad, la muerte, las limitaciones y renuncias han de retroceder, escribe que el amor parental no es más que la resurrección del narcisismo de los padres. Renacimiento que da pistas de que algo de aquel amor inicial que los padres sintieron por sus propias personas en la infancia, amor ya inexistente o al manos muy debilitado, puede ser recuperado por la vía de la procreación. Se pregunta Freud, al observar al adulto normal, adónde ha ido a parar aquella antigua megalomanía infantil ya desaparecida, aquel desproporcionado amor.

Las tendencias infantiles sucumben a la represión al entrar en conflicto con las representaciones éticas y culturales del individuo, sometiéndose de manera inconsciente a estas normas y exigencias. Esta represión parte del yo y en concreto de la propia necesidad de autoestimación del yo: el sujeto ha construido en sí un ideal con el cual compara y mide su yo actual. La conformación del ideal, o sea, la idea de quien uno debe ser, o de lo que los demás esperan que seamos, sería la condición de la represión, quedando expulsado fuera del psiquismo aquello que es contrario a los principios morales del sujeto, siendo dichos impulsos reprimidos al menoscabar la autoestima fundada sobre el cumplimiento de dichos ideales. El amor hacia el yo infantil (yo ideal) queda ahora canalizado hacia a este nuevo yo (ideal del yo), adornado con todas las perfecciones de la niñez. La dificultad para renunciar a estas perfecciones queda eludida mediante esta maniobra. El ideal, por lo tanto, es la sustitución del perdido narcisismo infantil: el yo ideal ha trasmutado en ideal del yo, transformación que no deja de estar revestida de algunas de aquellas anteriores perfecciones. Y es que a aquello de lo que se gozó no se renuncia fácilmente. Para recuperar aquel amor que mis padres sentían hacia mí, tuve que construir una idea de lo que ellos quieren; idea que al ser alcanzada, me vuelve a hacer sentir digno de ser amado.

En ese punto ideal el sujeto se considera susceptible de ser amado, se hace amable, en la medida que logra dar cumplimiento a las exigencias del ideal: el ideal del yo prevalece sobre el yo, ideal que para constituirse necesita del significante del nombre del padre que metaforiza, sustituye al deseo de la madre. Escribe Lacan en Las formaciones del inconsciente: "El padre es una metáfora (…) un significante que sustituye a otro significante. Esta es la función del padre en el complejo de Edipo, ser un significante que sustituye a uno anterior introducido en la simbolización, el significante materno".

Ideales, aspiraciones, construcciones que atraen libido -que recaía en un primer momento sobre el yo ideal- con las que el sujeto se identifica, esto es, sobre donde asienta su identidad y a las que llama por su nombre, lugar de asentamiento del yo. Y que en el caso de ser alcanzadas permiten recobrar algo del amor infantil perdido tras el corte producido por la interdicción del nombre del padre, antes mencionado. El sujeto se separa del Otro por intermediación del NP, condición previa para la instalación del ideal del yo: "La salida del complejo de Edipo es favorable si la identificación con el padre se produce en el tercer tiempo del Edipo. Esta identificación se llama Ideal del yo. Si el padre es interiorizado en el sujeto como ideal del yo, el complejo de Edipo declina. El padre, él sí lo tiene". "Tras la represión del deseo edípico el sujeto sale de ahí nuevo, provisto de un Ideal del yo."

Si en el primer tiempo del Edipo el niño desea ser el objeto de deseo de la madre, ser el falo, (de aquí que Lacan escriba que el niño empieza como súbdito (…) sometido al capricho de aquello de lo que depende) y en el segundo tiempo el padre interviene privando al niño del objeto de su deseo -la madre-, y privando a la madre del objeto fálico -el niño-, este último, gracias a la intervención del padre, deja de ser el falo para la madre, y la madre deja de ser fálica, mostrándose en falta, deseando, más allá de su hijo alguna otra cosa, es decir, que ella se muestre castrada, deseante. Si esto no sucede, el infans queda capturado en el deseo de la madre, quedando conformada una dupla irrompible y patologizante: no hay un sitio suficientemente espacioso para el desenvolvimiento del sujeto.

El estímulo para la formación del ideal del yo surge de las imposiciones, deseos, reclamaciones y aspiraciones de los padres, a cuya voz se añade con posterioridad la de los profesores y el medio social educador. El ideal es el intermediario entre aquel narcisismo primario y este nuevo amor al que se puede aspirar vía ideal, narcisismo secundario, construcción que proporciona el consuelo de creer que es posible recuperar el amor inicial que el yo sentía por sí mismo. Que uno no acate con sumisión esta nueva vía del ideal del yo y se rebele hostilmente contra la instancia censora (superyó) proviene del deseo del sujeto de libertarse de estas restricciones que le dificultan conservar su ligadura primera a la madre, viviéndola como una agresión proveniente del exterior contra su narcisismo primario; al fin y al cabo es un corte, una amputación. Escribe Lacan: "Lo que se alcanzó como Ideal del yo es ciertamente en el sujeto como la patria que el exiliado lleva pegada a la suela de sus zapatos -su ideal del yo le pertenece, es algo adquirido. No es un objeto, es algo añadido en el sujeto". Subrayemos que el exiliado puede llegar a apegarse con más intensidad a su patria (reedición del padre) y a sus compatriotas tras haber abandonó su lugar de origen.

La AE, por lo tanto, corresponde a todos aquellos logros y consecuciones que confirman la antigua omnipotencia infantil. Logros que han de ir en consonancia con el ideal del yo. Debido a esto es que aquello que a los ojos de un observador objetivo podría ser calificado como un logro importante puede que para el sujeto en cuestión esté falto de valor. Lo que para uno vale para otro no. Depende del ideal que cada uno de nosotros hemos constituido.

Resumiendo, la evolución del yo consiste en un alejamiento del narcisismo primario y crea una intensa tendencia a reconquistarlo. Este alejamiento sucede mediante el desplazamiento de la libido sobre el ideal del yo impuesto desde el exterior, y la satisfacción es proporcionada por el cumplimiento de este ideal.

Puesto que el yo ha quedado empobrecido tras la ruptura del vínculo inicial con el objeto materno, se enriquece por las satisfacciones logradas en los objetos (sustitutos) y por el cumplimento del ideal. El niño se identifica con el ideal de Yo, definido por Lacan como una "constelación de insignias", serie de signos, estigmas que pueden ser advertidos por el sujeto (como provenientes de los padres) y de los que puede jactarse hasta cierto punto: signos que el sujeto tilda de valiosos y que aspira a conquistar.

El ser humano cifra su felicidad en volver a ser su propio ideal como lo fue en la infancia, vía el cumplimiento de los ideales extraídos de su experiencia infantil, inscripción de los deseos de los padres y de la sociedad. Cuando el ideal del yo no se constituye, el problema se agrava considerablemente: estaríamos en el terreno de la perversión o la psicosis. El corte por la interdicción del nombre del padre no ha tenido lugar.

En relación al enamoramiento escribe Freud que consiste en una afluencia de la libido del yo al objeto, exaltando al objeto sexual a la categoría de ideal sexual. El ideal sexual puede servir como reemplazo al ideal del yo, siendo utilizado como satisfacción sustitutiva. Se ama aquello que hemos sido y hemos dejado de ser, o aquello que posee perfecciones de las que carecemos. Es amado aquello que posee la perfección que le falta al yo para llegar al ideal. Esta sería la curación por el amor que puede desembocar en dependencia. En ocasiones esta será la opción elegida en la transferencia con el analista, lo cual genera profundas dependencias y obstáculos al avance del análisis.

Es imprescindible una palabra que indique, para que pueda llegar a conformarse en ideal del yo, que el Otro desea por fuera del objeto de goce, más allá del infans. En un primer momento del Edipo, madre e hijo forman una unidad narcisista que puede crear la ilusión de completud. Es posteriormente y con la castración simbólica, la interdicción del nombre del padre, que el niño entra en la simbolización: se da inicio a las sustituciones. El niño se independiza y deja de ser algo que se es, el objeto que completa a la madre, para ser algo que se posee: alcanzar aquellos deseos, objetivos, metas o aspiraciones de los padres.

Cumpleaños

Qué terrible ir madurando,

ver a la indiferencia derrocar las hazañas

que nos llenaron de orgullo

y odiar al del espejo

por no ser quien pretendimos.

Qué atroz es ir creciendo,

asumirse, no aspirar a lo imposible,

y al renovar el carné

entrar en jefatura

sin la recortada en las pupilas.

Qué brutal es ser adulto,

dormir de un tirón y al despertar

verte al lado

y saber que me quieres

como soy.


Qué duro hacerse hombre.