La libertad

Uno de los principales conceptos en donde se sustenta la terapia psicoanalítica es la libre asociación, esto es, la indicación del analista al paciente de que diga todo aquello que se le pase por la cabeza, a ser posible sin cohibición alguna, sin dejar de lado nada por más absurdo y falto de sentido nos pueda parecer. Este imprescindible punto de arranque choca frontalmente con una realidad incuestionable: esta libertad está cohibida. El discurso del analizante tropieza una y otra vez con obstáculos, prohibiciones, censuras, trabas y bloqueos. Como suelen decir los pacientes aquejados de neurosis obsesiva: “Me pongo palos en las ruedas”. Algo del sujeto impide la libre circulación de palabras, y es logro del análisis disminuir las restricciones y ataduras que disminuyen la soltura del sujeto en su decir. Por lo tanto podríamos afirmar que la libre asociación en que se funda el psicoanálisis es una meta a la cual se va llegando en la medida que se aflojan las restricciones, las prohibiciones. La libertad del discurso es, por lo tanto, algo a alcanzar.

Dice un paciente en sesión: “Estoy cansado de ser la maleta en la que se apoya mi mujer”. El lapsus deja entrever un enigma en su discurso. En apariencia un simple y minúsculo error en el transcurso de una frase, sin demasiada importancia. Una letra confundida. Pero ¿y si la palabra que no podía ser dicha encontró por medio de esta formación del inconsciente una hendidura por donde asomar al exterior, pasando el deseo reprimido a convertirse en palabra? Un deseo que esquiva las prohibiciones y es expresado vía transferencia, es decir, dentro del dispositivo del marco analítico. Al poco de haber sido expresada esta frase, aparece el agotamiento de soportar una relación de pareja complicada, así como el deseo de marcharse: de hacer las maletas. Finaliza la sesión este paciente comentando los viajes que querría hacer, así como los deseos que de vez en cuando le asaltan de irse lejos. Como en las cuestiones penitenciarias se logró, al menos momentáneamente, la libertad bajo palabra.

Si de algo da muestras la práctica psicoanalítica es de que la libertad que en principio es un deseo universal anhelado por todo individuo, tropieza con obstáculos insuperables en cuanto a su consecución, y que según nos vamos aproximando a la tan ansiada libertad una serie de condicionantes impiden que sean llevadas a cabo aquellas decisiones que nos podrían acercar a dicho objetivo vital. El miedo a quedarnos solos si optamos por llevar a cabo acciones que nos pide el cuerpo, el miedo a la locura, a ser raros, distintos, extraños, no queridos o reconocidos, el miedo al fracaso o al éxito son algunas de las zancadillas que a nosotros mismos nos ponemos en nuestro acontecer cotidiano para neutralizar o cancelar nuestros deseos más profundos.

En el capítulo del libro “La enfermedad de la prisa” titulado La libertad individual abordé algunas de estas cuestiones, que ahora retomo. Exponía en dicho capítulo: “La angustia desencadenada por el hecho de sabernos desposeídos de la brújula mágica cuyas indicaciones pudieran ponernos sobre la pista del camino certero que nos garantice la consecución de nuestros objetivos vitales, potencia que no sean asumidas responsabilidades, prefiriendo transitar rutas no elegidas, pero ya marcadas. Puesto que hay senda debe llevar a alguna parte”. Estas rutas ya asfaltadas por otros pueden ser las críticas de cine que nos encauzan al visionado de una película determinada que quizá nada o muy poco tengan que ver con nuestras necesidades actuales; la publicidad que inserta en nuestro ser deseos que no son propios: nos inoculan lo que nos tiene que gustar; o las maneras de entender la realidad que nos exponen los entendidos en la materia, los tertulianos; estereotipos de conducta, metas artificiales a alcanzar o deseos por completo ajenos a nosotros que restringen nuestra auténtico modo de ser en aras a un supuesto beneficio personal.

En relación a la publicidad escribe Fromm: “Estos métodos de embotamiento de la capacidad del pensamiento crítico son más peligrosos para la democracia que muchos ataques abiertos”. “El individuo, (escribo en el capítulo 8 de la enfermedad de la prisa, titulado El embotamiento necesario o el aplastamiento de la voluntad) inerme ante el efecto hipnótico (repetición de instrucciones, seducción por la mirada…) producido por la avalancha de información, cae rendido a sus pies, irremediablemente doblegado por la omnipotencia del hipnotizador que ya no se ve obligado a tener que hacer siquiera el mínimo esfuerzo de mover el péndulo para atrapar la atención incondicional del espectador”.

En el articulo Psicología de las masas y análisis del yo, Freud escribe reflexionando sobre cómo el amor influye en la constitución de las masas sociales, en un apartado titulado Enamoramiento e hipnosis: “El yo se hace cada vez menos exigente y más modesto, y en cambio el objeto cada vez más magnífico y precioso, hasta apoderarse de todo el amor que el yo sentía por sí mismo, proceso que lleva naturalmente al sacrificio voluntario del yo. Puede decirse que el objeto ha devorado al yo.” De este modo el sujeto hace dejación de su autonomía para entregar su individualidad al líder. Unos párrafos más adelante en este mismo artículo, escribe: “La masa quiere siempre ser dominada por un poder ilimitado. Ávida de autoridad, tiene, una inagotable sed de sometimiento”.

Cuántos de vosotros os habréis encontrado con una situación como ésta. Desde la cola del cine vemos que una de las ventanillas está vacía (con la taquillera/o en su interior) sin que nadie se acerque a comprar su entrada, mientras que en la de al lado, la nuestra, diez personas esperan pacientemente su turno. Por eso nadie protesta cuando alguien más despierto o más dispuesto a soportar el error, se salta la espera y acude a la ventanilla solitaria. Ser único, estar solos en nuestras decisiones, asusta. Queremos ser normales. De ahí que el ser humano tienda a buscar el amparo de la mayoría. Por esto me parece pertinente la definición de J. Macdougall sobre un tipo de patología descubierta en su consulta, a la cual denomina “normopatía” y que según sus palabras consiste en el extremo apego a la necesidad de ser normales, de aferrarse con tal rigor a la corrección que estas personas acaban encajadas en las estructuras sociales y comportamentales hasta el punto de no encontrar espacio para el desenvolvimiento de su propio ser. Acaban convictos dentro de sus propias exigencias morales por miedo a ser diferentes.

En el miedo a la libertad escribe Erick Fromm: “Estos vínculos primarios (se refiere al gregarismo) impiden (al sujeto) su completo desarrollo, cierran el paso al desenvolvimiento de su razón y de sus capacidades críticas; le permiten reconocerse a sí mismo y a los demás tan solo mediante la participación en el clan, en la comunidad religiosa, y no en virtud de su carácter de ser humano; en otras palabras, impiden su desarrollo hacia una individualidad libre, capaz de crear y de autodeterminarse. Pero no es ese el único aspecto, también hay otro. Tal identidad con la naturaleza, clan, religión, otorga seguridad al individuo; éste pertenece, está arraigado en una totalidad estructurada dentro de la cual posee un lugar que nadie discute. Puede sufrir por hambre o la represión de las necesidades, pero no por el peor de todos los dolores: la soledad completa y la duda”.

Las dudas en relación a las cuestiones vitales personales e intransferibles hace que, incapaces de asumir sobre nuestros hombros el peso de la responsabilidad, tendamos a delegar en otros la decisión final. Elegir siempre es perder: lo desechado será un camino que ya nunca podremos transitar (el camino amputado al que nos referimos en el poema de La poda, si recordáis). Si en pequeñas decisiones pedimos, rogamos y a veces imploramos el consejo de los demás, qué no será en cuestiones transcendentales para nuestro devenir personal. Elecciones sobre la pareja, la casa, el trabajo o los hijos suponen tanta angustia que buscamos el amparo de alguien que disipe el malestar; una figura con cierta autoridad que gobierne nuestro transitar por el mundo. Lamentablemente, nadie sabe con certeza por dónde hay que ir, puesto que el deseo de cada cual es único. La receta mágica de la felicidad es algo que cada uno debe ir componiendo en base a los ingredientes con que cuenta. “No hay camino, solo estelas en la mar”.

Recuerdo una paciente imbuida en una muy compleja relación de pareja que una y otra vez, sesión tras sesión me preguntaba qué podía hacer para resolver su situación personal, descargando sobre el analista la última palabra; de este modo, desembarazándose de su capacidad de decidir (por supuesto sustentada en una construcción ficticia de falta de inteligencia), evitaba el fallo, la falta. Asta en ocasiones lo que la persona presenta en su nula capacidad para detectar el deseo, maniobra destinada a no fallar. Finalmente encontramos un modo divertido de tratar esta cuestión. Ante una de sus rogativas hacia mí sobre qué hacer, respondí: “Deben ser y veinticinco, porque casi siempre me preguntas qué debo hacer en torno a la media hora de sesión”. Nos reímos y miramos el reloj. Efectivamente era más o menos esa hora. El tratamiento pudo proseguir, asumiendo esta paciente que había dejado que las decisiones claves de su vida fueran tomadas por otras figuras importantes ante quienes doblegaba su voluntad: en concreto, sus padres. Por desgracia, no todo el mundo puede soportar este vacío que irremediablemente se debe abrir en la consulta, optando por la búsqueda de algún artificio milagroso que determine cuál es el rumbo a seguir. No está de más recordar que si Colón descubrió America fue precisamente porque buscaba las indias. Y, si hacemos un breve recuento, cuántos de los parajes inolvidables que hemos encontrado en nuestras vidas los hemos descubierto precisamente por habernos salido de la ruta inicial. La pérdida que produce beneficios. Es ese vértigo de la posibilidad de perderse lo que nos alimenta las ganas de vivir, lo que nos saca del aburrimiento, del sopor.

Se suele considerar que la palabra libertad designa la facultad del ser humano que le permite decidir llevar a cabo o no una determinada acción según su inteligencia o voluntad.  Desde estos parámetros podemos plantear la cuestión de que los mejores modos de anular la libertad del ser humano, sería decidir por él e impedir el desarrollo de la inteligencia; de esta manera la voluntad queda cohibida. Si acudimos al diccionario podemos encontrar varias acepciones de libertad: poder inmanente al sujeto en orden a su realización, que puede definirse como la capacidad de decidirse o autodeterminarse/ Estado del que no sufre ninguna sujeción o impedimento/ naturalidad, soltura, falta de cohibición. Podríamos a partir de esto preguntarnos si el sujeto indeciso y falto de autonomía, atrapado en sus propias inhibiciones, es realmente en individuo libre. E incluso podría ser realizado el cuestionamiento de si un sujeto que está sujeto por una sintomatología que guarda relación con su modo de ver el mundo, es libre. Si el cristal a través del cual miro el mundo está empañado o simplemente roto, obligándome a caer una y otra vez en los mismos automatismos o los mismos síntomas, ¿podemos con verosimilitud afirmar que estamos haciendo un libre ejercicio de nuestra libertad?

En 1548 Etienne de la Boétie analizaba en su obra Discurso sobre la servidumbre voluntaria, ensayo que escribió increíblemente a la edad de 18 años, el incomprensible suceso de que una multitud pueda dejarse someter por un solo hombre, preguntándose: “¿Qué desgracia ha podido desnaturalizar tanto al hombre, el único nacido verdaderamente para vivir libremente y hacerle perder el recuerdo de su primer ser y el deseo de recuperarlo? (…) Así la primera razón de la servidumbre voluntaria es la costumbre, como es el caso de los más bravos caballos rabones y desorejados, que al principio muerden el freno y luego gustan de él, y mientras que antes coceaban al ser ensillados, después se ufanan de sus arneses y, orgullosos, se pavonean de ellos. Pero siempre se encuentran algunos hombres, mejor nacidos que los demás, que sienten el peso del yugo y no pueden abstenerse de sacudírselo, que no se acostumbran jamás a la sujeción, y que nunca pueden impedir pensar en sus privilegios naturales, ni acordarse de sus predecesores y su primer estado. Son los que teniendo la cabeza bien hecha, todavía la han pulido mediante el estudio y el saber; los que aún cuando la libertad estuviera perdida, la imaginan y la sienten en el espíritu, y todavía la saborean, y la servidumbre no es de su gusto por mucho que se la adorne.”

El estudio, el arte, la creatividad, los frutos de la cultura permiten al individuo encontrar un espacio de libertad donde puedan poner en entredicho los convencionalismos, los tradicionalismos. La pintura, la escultura, la música, la literatura otorgan al ser humano la posibilidad de desarrollar su individualidad, pudiendo dar salida a sus deseos y conflictos de una manera particular, de mirar el mundo desde una nueva perspectiva. En numerosas ocasiones he podido comprobar como el pánico al fracaso, el miedo al desprestigio y la consiguiente excesiva rigidez, ahogan los actos creativos impidiendo un libre desenvolvimiento de nuestras potencialidades. La inhibición suele dar cuenta de un conflicto interno que impide que algo vea la luz.

El capítulo aludido del libro de la prisa se cierra con unas palabras de Krishnamurti aparecidas en un artículo titulado El pensamiento genera temor, que dicen: “Usted, como ser humano, solo, sin contar con el apoyo de nadie, tiene que reflexionar claramente sobre los problemas y actuar sin confusión alguna, de tal modo que usted se convierta en un oasis en medio de un desierto de ideas. ¿Saben qué es un oasis? Es un lugar con unos pocos árboles, agua y un poco de pasto, en un desierto inmenso donde solo hay arena y confusión. Eso es lo que cada uno de nosotros tiene que ser en los tiempos que corren, un oasis dondequiera que estemos, de manera que cada uno de nosotros esté libre, tenga claridad, no se encuentre confuso y pueda actuar, no siguiendo una tendencia personal o según el propio temperamento o forzado por las circunstancias”.

Si los deseos nos son impuestos desde el exterior de manera forzada o mediante mecanismos manipulativos basados en depuradísimas estrategias de seducción sin tener en cuenta nuestras particularidades; y si nosotros condescendemos a estas sutiles imposiciones que nos someten desde la fuerza o desde la sugerencia, algo nuestro acaba pereciendo en el trascurso del día a día.

Añado un poema inédito que no leí en la charla pero que creo tiene que ver con lo expuesto.

Porque-rías que piensan y no dicen los políticos

 

Porque me habéis votado por pura desesperación.

Porque las leyes que yo mismo promulgo me asisten.

Porque ser demócrata implica obedecer las leyes, no importa si son justas o no.

Porque el orden es más importante que la justicia y que la libertad.

Porque obedecer es más fácil que pensar.

Porque necesitáis que otros os gobiernen.

Porque vosotros estáis ocupados produciendo.

Porque es más sencillo elegir entre derecha, centro o izquierda, que emprender vuestro propio camino, zigzagueante y plagado de altibajos.

Porque es más fácil echarme a mí la culpa que tener que tomar vuestras propias decisiones.

Porque todo esto os desespera, me votáis.

 

Porque me habéis votado por pura desesperación...