Segunda charla: el amor.

 

Iluso

 

Si al menos pudiera aceptar

que quien deseo que seas no debes serlo

pues mi ilusión se haría realidad

y me desilusionaría

sin más remedio que desilusionarte.

 

 

Desde nuestra infancia hemos sido educados en la atractiva idea —tan sumamente explotada por el cine— de que existe un tipo de unión amorosa que puede restablecer el orden y el equilibrio, llenarnos por completo, satisfacernos armónicamente; el amor como complemento, la otra mitad de la naranja, la pieza del puzzle que nos falta, reencuentro que cristalice en un encaje absoluto: “Es que ya no me llena” se escucha en ocasiones en los momentos previos a una ruptura amorosa. Llenado, totalidad, plenitud, regocijo en la fusión simbiótica que reproduzca la mítica unión con el otro materno. Mítica porque jamás se produjo: solo en la fantasía del niño puede tener lugar la omnipotencia de la madre, capaz de darnos entera satisfacción. De esta idea infantil muchos adultos no logran desprenderse nunca.

 

La búsqueda incesante de este objetivo vital puede llegar a hacer el camino amoroso intransitable, quedando el sujeto capturado en una demanda sin fin de amor absoluto, sin fisuras, sin desencuentros, sin frustraciones: sin pérdida. Un amor ideal sin impedimentos, solo realizable a expensas del amado. Porque solo el amor incorpóreo deja de ser fallido. La promiscua sustitución de unos amantes por otros o la eterna insatisfacción —con la consiguiente disminución del deseo sexual— son dos manifestaciones de esta problemática a la que definiré como nostalgia del uno absoluto: nada de la realidad nos satisface. Hombres que sustituyen a una amante por otra, en ocasiones pagando, pero que siguen teniendo a su mamá en un pedestal —de aquí se derivan importantes problemas sexuales dentro del matrimonio, una vez que la pareja, una vez finalizado el periodo de noviazgo, empieza a tener connotaciones maternas—, o mujeres tristes y desilusionadas que siguen año tras año añorando un amor juvenil o un amor imposible, constituyen un grupo más numeroso de lo que en principio pudiéramos imaginar. Aunque de ilusión también se vive, puede que este tipo de fantasía no nos permita otra cosa que malvivir. Aquel sueño adolescente de amar a una imagen clavada con chinchetas a la pared, puede llegar a petrificarse en una aspiración que no logramos materializar, por más que pongamos todo en el empeño. Llegado el caso podemos amar el amor, siempre que no se nos interponga un ser de carne y hueso que tire por tierra el ideal.

 

Lacan habla del amor como mutilación: te quiero pero sin ti. O sea, si tú no fueras tú, como eres, te amaría más y mejor. Porque al encarnar en ti mi idea del amor, al encajarlo en tu cuerpo, en tu ser de carne y hueso se descascarilla el ideal, al corporeizarse se deteriora. Porque ese algo que hace que ame, que prende la llama de mi pasión se distorsiona con la realidad del otro, con sus necesidades y carencias visibles: sus contradicciones, sus miedos, sus defectos... Hace, en resumidas cuentas, que disminuya mi deseo. Aunque en ocasiones esta decepción tarda en producirse, es solo cuestión de tiempo que suceda.

 

La imposible aspiración a la que no se renuncia, de hacer de dos un uno irrompible e indivisible, abre de par en par las puertas al maltrato. Hacerlo todo para lograr dicho imposible, implica abandonar la propia voluntad para ponerla a disposición del otro, en aras a materializar el ideal amoroso y así taponar la falta del otro: sin ti no soy nada. Ese tú al que se dirige el amor tiene que estar a todas luces idealizado. La nada que todos somos (se escucha mucho en funerales y tanatorios) se difumina gracias a ti. Únicamente existo si soy amada/o, si habito el deseo del otro que me ama, si soy tenido/a en cuenta es que cuento. Y, como se planteó en nuestro anterior encuentro, si a pesar de todos mis esfuerzos las cosas no terminan de funcionar, es por mi culpa, haciendo recaer sobre mis espaldas el peso de dar consecución al amor deseado.

 

Muerte en el olvido

 

Yo sé que existo porque tú me imaginas.
Soy alto porque tú me crees alto, y limpio porque tú me miras
con buenos ojos, con mirada limpia.
Tu pensamiento me hace inteligente, y en tu sencilla
ternura, yo soy también sencillo y bondadoso.
Pero si tú me olvidas quedaré muerto sin que nadie
lo sepa. Verán viva mi carne, pero será otro hombre
-oscuro, torpe, malo- el que la habita...

 

Las pérdidas y renuncias que ineludiblemente hemos tenido que soportar en nuestro ser para ingresar en la cultura parecen resarcirse en el amor: quedan ocluidas, compensadas, negativizadas. Mis carencias vitales desaparecen si soy amado/a. Ser indispensable cobra aquí una potencia abrumadora: necesitas de mí, o sea, me quieres; o, más bien, me requieres, no por que me quieras doble, sino porque requieres de mis servicios o de mis sacrificios para poder seguir dependiendo de mí. Amar y depender son territorios limítrofes separados por una frontera demasiado delgada: siempre en el amor hay algo de dependencia, de entrega, pero si esto se agudiza, puede llegar a producirse sufrimiento y hacer su aparición la sintomatología. Personas con una historia conflictiva provenientes de familias desestructuradas son más proclives a padecer estos males amorosos.

 

En más de una ocasión he escuchado decir en consulta, en torno a estas cuestiones: “Estoy harta/o de tirar del carro”. Aunque la primera respuesta emocional empática que nos surge al escuchar estas palabras es lástima, se va llegando a la conclusión —a base de intentar comprender, no quedándonos en la superficialidad— de que si hay alguien que ineludiblemente siempre tira del carro, es lógico que los demás acaben subiéndose en él. Ahora bien, el pánico ante la mera idea de que deje de rodar con las ruedas atascadas en el barro, o de que los demás se bajen en busca de otro tipo de vehículo movido por energía no animal, hace que el deslome masoquista siga siendo imprescindible. Sufrimiento como mecanismo para salirnos con la nuestra: por mi padecimiento el otro ha de pagar, con su amor. Me lo adeuda: con todo lo que yo he hecho por ti. La culpa (como ya vimos en el anterior encuentro) queda transformada en un mecanismo con el que pretendemos adueñarnos del amor del otro.

 

Solo ama el que no tiene, el que sale a buscar fuera de sí lo que le falta. En la película The Game, Sean Penn se pregunta qué regalar a un hombre que lo tiene todo. Esta pregunta, que en el film dirige a su hermano, la podríamos reescribir: ¿cómo amar a alguien que lo tiene todo, que no necesita nada? ¿Cómo convertirnos en complemento de alguien que no necesita? Sólo el que se atreve a abandonar el búnker de sí mismo para hallar en el exterior aquello que le falta, puede adentrarse en el terreno del amor, y así intentar localizar a aquel que pueda tenerlo; o más exactamente, a llegar a aparentar que posee esa valiosísima cualidad deseada por nosotros: por eso se oye decir tan a menudo: “No sé que vi en el/la para enamorarme”. Pero si logramos hacer recaer en nuestra pareja el peso de procurarnos satisfacción en todo, para así asegurarnos de que nos ama, renegando de lo parcial y fallido del amor, quedamos sumidos en la frustración por lo perdido, por lo imposible de alcanzar, lo cual se vuelve inadmisible, insoportable. Los celos, llegados a este punto, pueden cobrar intensidad: son la respuesta hostil, producida ante una pérdida —real o imaginaria— de amor, dirigida hacia un rival, aquel que creemos que posee la cualidad deseada por nuestro partenaire de la que nosotros carecemos. Podemos entonces confundir la insatisfacción de la frustración que la realidad impone, con el abandono por la negligencia e impotencia del otro que creemos no nos ama, que no nos sabe o quiere complacer. Vienen a cuento las palabras de Paul Valery: lo que se posee completamente no se puede amar. Ha de haber una falta, una incompletad, una fisura, una hiancia para que el amor pueda desplegarse. “Si me dejara mi mujer, si me amenazara con separarse yo cambiaría”, confiesa un analizante con dificultad para las relaciones sexuales. Una separación, una distancia, un alejamiento que movilizara el deseo de acercarse, de recuperar lo extraviado, lo perdido. Porque para que haya deseo debe haber pérdida: no echamos de menos lo que tenemos. Es en el menos de donde surge el deseo. Con la salud pasa algo parecido. Solo entramos en tratamiento cuando hemos perdido algo valioso. Quien acude a consulta a petición de  otra persona (de los padres, hermanos, parejas…), no movido por su propia demanda, podrá acudir a sus sesiones; pero solo se producirán avances cuando se haya hecho consciente de su padecimiento.

 

El terror a pasar por los desfiladeros de lo parcial, de lo incompleto, puede forzar al atemorizado sujeto a renunciar a esa búsqueda refugiándose en el narcisismo, el disfrute autoerótico. Así, no poniendo nada en juego, no arriesgando, jamás perdemos. Esta es la fantasía, porque en la realidad, algún tipo de pérdida acaba produciéndose. Lo single no es tan sencillo de hacer funcionar. Sujetos con una ostensible dificultad a aceptar la pérdida, suelen encontrar en el amor un obstáculo de enormes dimensiones. En algunas circunstancias, para eludir el tremendo impacto emocional que supondría ser abandonados se opta por elegir —casualmente— una pareja de menor capacidad intelectual, económica o física para intentar, desde la atalaya de esta supuesta superioridad, asegurarse la permanencia del objeto.

 

El amor, en apariencia tan intangible y azaroso, está sin embargo cernido por unas coordenadas inconscientes que nos empujan una y otra vez hacia un tipo similar de amante: hay algo constante en eso del otro que nos atrae. Nuestra idea del amor está inscrita en nuestro inconsciente, de ahí que sea tan común ver cómo tropezamos una y otra vez en la misma piedra. Por ejemplo: si para que yo me sienta orgulloso/a de mí mismo/a necesito salvar a alguien —quizá porque lo que he querido es que alguien lo hubiera hecho conmigo, o con mi madre—, estamos predestinados (Freud lo denomina Neurosis de destino) a salvar, o sea, mi deseo se construye sobre el fantasma de salvar; y lo único que se puede salvar es a un náufrago, a un necesitado. Necesito a un necesitado, para que me necesite; y grandes olas y tempestades. Las aguas tranquilas no son excitantes. Y si este ser necesitado crece, se desarrolla y vuela, se independiza y deja de necesitar, el amor ya no tiene sentido: sale de mi lógica amorosa. Por esto, es algo habitual que no se permita tal desarrollo individual o al menos no sea fomentado. Ese inútil del que me quejo es en el fondo de lo que gozo. Dice un paciente en consulta: “De chaval siempre acababa con las chicas más raras o más feas, las que más pena me daban. Siempre pensé que acabaría con una de estas personas”. Tras un tiempo de análisis cayó en la cuenta de que para ocupar el lugar privilegiado a ojos de su madre — cuatro hermanos mayores y otro pequeño pugnaban por el puesto—, tenía que ser el más bueno, quien más cuidara al otro. “Yo era el único que siempre estaba a disposición de mi madre”. En esto él era el único. Este esquema se había implantado en su lógica amorosa donde cuidar era esencial. Si cuidar era la premisa sobre la que se funda el amor, al otro no le queda más remedio para sostener el vínculo amoroso que descuidarse, no tener cuidado. Así el otro podrá otorgarme eso que necesita darme para que el amor siga circulando. De ahí que en la medida que vamos madurando, cambiando, el amor de manera paralela vaya sufriendo transformaciones, modificaciones: lo que antes nos enamoraba, ya no nos pone. No sostiene ya nuestro deseo.

 

Cuando en las relaciones madre hija/o el vástago tiene ineludiblemente que ocupar un lugar primordial, esto es, que el hijo/a devuelva a su madre la imagen especular de completud, el espejito mágico que nos permita mantenernos en la idea de que somos lo más, que somos válidos, que nos merecemos el aprecio del otro, el vínculo puede enfermar produciendo lo que llamamos estrago. El sujeto no puede desarrollarse en libertad a riesgo de quedar fuera de lo deseado por su progenitor, lo cual nos arrojaría al abandono: porque te quiero y quiero (valga la redundancia) para ti lo mejor, te impido que seas quien en realidad deseas ser. Esta unión fusional puede ser, y de hecho es germen de muchas de las dolencias que nos encontramos en consulta. Sin embargo, cómo apartarse de una madre que nos lo ha dado todo, qué motivo de peso podemos encontrar para tomar distancia cuando hemos sido el centro de sus atenciones. Winnicot acuña el término clave de madre suficientemente buena para definir el vínculo sano entre madre e hijo: una madre que permite un margen de error, que no recoge al crío antes de que se caiga, permitiéndole desarrollarse. La madre perfecta no es suficientemente buena porque produce malestar. Quien no se cae nunca aprenderá a levantarse; privar a un hijo de este imprescindible aprendizaje no parece que sea la mejor prueba de amor. Soportar que el hijo caiga, implica aceptar que una falta quede dolorosamente inscrita en el psiquismo de la madre. Sacar los pies del tiesto, algo de lo que hablamos en nuestro anterior encuentro, en estos casos puede llegar a producir intensos sentimientos de culpa; más aún cuando se nos acusa verbalmente: “Parece que ya no quieres a tus padres”. Amores que matan. “Soy tu madre, quiéreme” decía una madre a su hijo adolescente, que ahora, ya adulto, rememora dichas obligaciones matriarcales. Cuando su padre viajaba, recuerda, los hijos por turnos dormían con su madre, nítida muestra de lo que significa obturar la falta de la madre. Amor obligatorio, o sea, amor imposible: puede producir obediencia, complacencia, pero no amor. Porque el amor no cursa con la imposición. En la problemática obsesiva esta cuestión aparece prácticamente en todos los casos. Si en la sumisión encontramos el amor, algo hay que tendríamos que revisar. Aunque el síndrome de Estocolmo algo aclaró a este respecto. Amar la sumisión ante las imposiciones del otro puede ser una fuente de sufrimiento.

 

De tal calado puede llegar a ser este vínculo estragante madre-hija que en ocasiones estas hijas, una vez son madres, llegan a donar a su propia madre, la abuela de la criatura, a su propio bebé en compensación por el desapego —realizado a duras penas con enorme culpabilidad— que ha tenido lugar; como un modo de paliar la ruptura. Con esta ofrenda, el propio hijo, pretenden pagar la deuda. Lamentablemente con este mecanismo no les suele alcanzar ni para los intereses.

 

En otro orden de cosas, ahora que se acercan fechas con una fuerte carga amorosa, podemos cernir algo de la cuestión de los regalos. “Querría que me regalases…, a mi lo que me gustaría es…” Que estas indicaciones siempre sean poco concisas se debe a que “como se te ocurra cometer la majadería de regalarme exactamente eso que te estoy pidiendo, y además vayas a comprarlo en el último momento (dejando entrever que te sentías obligado/a) ¿Cómo poder localizar ahí una mínima partícula de amor? En eso que te pido no puede estar el amor, porque lo que yo querría es otra cosa, algo distinto, más elevado, intangible… Inexistente. Porque una cosa es lo que te pido (demanda) y otra lo que quiero (deseo).Lo que queremos es lo perdido, el amor incondicional, la prueba definitiva de lo inconmensurable. De lo importante que soy para ti. Y si no nos detenemos aquí y osamos dar aún otra vuelta de tuerca al asunto, si el regalo, ese que nos han pedido, lo entregamos al amado sin envoltorio, dentro de una bolsa usada del Carrefour, peor aún: porque al menos los veinte escasos segundos en que dilatamos el encuentro con la desilusión (la colonia de siempre, la misma corbata, otro libro…) puede mantenerse en vigor el ideal, y por lo tanto el deseo sostenerse sobre algo. Un ascua que bien soplada, quizá pudiera avivar el fuego del amor.

 

En un memorable artículo, Freud iguala el enamoramiento a la hipnosis: “En algunas formas de la elección amorosa el objeto amoroso sirve para sustituir un ideal propio y no alcanzado del yo. Amamos al objeto a causa de las perfecciones a las que hemos aspirado para nuestro propio yo y que quisiéramos procurarnos por este rodeo para satisfacción de nuestro narcisismo. El yo se hace cada vez menos exigente y más modesto y en cambio el objeto deviene cada vez más magnífico y precioso, hasta apoderarse de todo el amor que el yo sentía por sí mismo, proceso que lleva al sacrificio. El objeto ha devorado al yo, ha sustituido al ideal del yo. Del enamoramiento a la hipnosis no hay gran distancia”. Sobre esto formula Freud una hipótesis que bien puede explicar el amor de un fan por su cantante favorito, el de un joven aficionado a un futbolista, o el de un radical hacia un líder. Así se constituyen las masas. Cuando un grupo pone al mismo sujeto o un mismo rasgo encarnando al ideal, la masa social se consolida, pudiendo quedar disminuidas la capacidad individual de razonamiento y, por consiguiente su libertad.

 

Sin embargo es gracias a esta enajenación mental transitoria (así lo definía una paciente con un grave problema en torno a esta cuestión) que pueda arraigar el amor. Gracias a esta cesión de virtudes idealizadas podemos salir de nosotros mismos y unirnos a otras personas, compartiendo intereses, alejando, al menos unos pasos de nosotros, la soledad.

 

Cuando en consulta se da el caso de que el sujeto no puede encontrar pareja se hace imprescindible descubrir mediante el dispositivo analítico cuál es el libreto amoroso que está inscrito en su inconsciente, para una vez puesto en palabras sobre la mesa llevar a cabo una revisión. Mujeres que han construido la idea de que el amor es únicamente sacrificio y se han entregado al otro, deificándolo, hasta llegar a la sumisión; hombres que temen perder su identidad si renuncian levemente a su ególatra idea de libertad; madres que han renunciado a su carrera profesional y una vez los hijos marchan, se sienten abandonadas y heridas —el llamado síndrome del nido vacío—; padres que se han dejado la vida en el trabajo porque creían que esto es lo que un hombre debe hacer si verdaderamente quiere a sus hijos, son algunas muestras típicas de cómo un guión amoroso inconsciente nos encarrila hacia un profundo acantilado. Se puede llegar a dar el caso de que tras ver a nuestra madre o a nuestro padre caer estrepitosamente ante el muro del amor, nos vemos forzados a fracasar en esta área: nos es que él o ella no pudieran lograr lo que querían, es que no se puede. No se puede no porque no seamos capaces, sino porque está prohibido. De esta imposibilidad da fe nuestro propio repertorio de fracasos. Nuevamente, los que fracasan al triunfar. Con esta argucia podemos seguir manteniendo en pie el ideal paterno y guarecernos levemente bajo él, como bajo un paraguas de varillas rotas. Si en nuestro encuentro anterior se nombró La novela familiar del neurótico como una historia biográfica que a nosotros mismos nos hemos contado, el capítulo del amor queda incluido entre sus páginas centrales.

 

Para terminar unas palabras sobre la pérdida del amor, o más exactamente, la perdida del amado. Escribe Nasio en su libro sobre el amor y el dolor que el dolor psíquico o dolor de amar es el afecto que resulta de la ruptura brutal del lazo que nos vincula con el ser o la cosa amados, lo que suscita inmediatamente un sufrimiento interior vivido como un grito mudo que emana desde las entrañas. Freud sitúa este padecimiento en su obra El malestar en la cultura, con estas palabras: “Desde tres lados amenaza el sufrimiento: desde el cuerpo, desde el mundo exterior y desde los vínculos con otros seres humanos (…) Nunca estamos más desprotegidos que cuando amamos, nunca más desdichados y desvalidos que cuando hemos perdido el objeto del amado o su amor”. Cuando hemos perdido al objeto de amor el yo se levanta, apela con todas sus fuerzas vivas y las concentra en un solo punto: la representación psíquica del amado perdido. El yo se concentra en mantener viva la imagen mental del desaparecido, compensando la ausencia real del otro perdido magnificando su imagen, olvidándose del mundo exterior. El dolor mental surge de un doble proceso: el yo desinviste la cuasitotalidad de las representaciones para sobreinvestir la única representación del amado que ya no está. Hacer un duelo significa desinvestir la representación saturada del amado perdido para volverla conciliable con el conjunto de la red de las representaciones yoicas. El duelo es esa lenta redistribución. Lo que hace daño no es la pérdida en sí, sino el hecho de seguir amando lo perdido. Tal es el dolor que puede causar la pérdida que la negación puede venir a amortiguar el impacto de la desaparición. Pero ¿qué perdemos al perder al amado? Al perder el cuerpo viviente  del otro perdemos una de las fuentes que nutren nuestro deseo. También perdemos la figura animada que sostenía el espejo interior que reflejaba nuestras imágenes. El duelo es, por lo tanto, la reacción a la pérdida de un objeto de amor. Dice Lacan: “Estamos de duelo por aquellos para los que hemos sido su objeto faltante”. No se trata de la persona del difunto sino de su imagen representada en mi inconsciente: lo que el otro significaba para mí.

 

Breve recorrido de las concepciones de duelo y melancolía en Freud y Lacan.

el duelo es un proceso normal donde no hay nada inconsciente referido a la pérdida, a diferencia del padecimiento del melancólico que sabe a quién ha perdido, pero no qué ha perdido en esa pérdida.

Respecto del duelo Lacan, al final del Seminario VIII afirma que “consiste en autentificar una pérdida real, pieza a pieza, signo a signo (…) hasta agotarlos. Cuando esto está hecho, se acabó.” El duelo sería entonces que el objeto, una vez perdido, deje de importar. Sería como una segunda pérdida, un duelo del duelo. Así el que llora sufre porque aún no ha perdido; pues el que realmente perdió deja de llorar.
Podríamos decir que lo que se acaba en el duelo, no se acaba en la melancolía, donde se eterniza el sufrimiento.

Ya en el Manuscrito G y en las cartas a Flies, Freud la asociaba a una “hemorragia interna” como pérdida de libido. Es en Duelo y melancolía que se refiere extensamente a desarrollar los dos conceptos, destacando que en la melancolía el sujeto introyecta un objeto perdido al cual se había identificado narcisísticamente, obteniendo una regresión de libido al yo. Por lo tanto los autorreproches característicos del melancólico eran debidos a esa hostilidad del sujeto contra el objeto introyectado. A esta altura las premisas freudianas respecto de la melancolía eran: pérdida de objeto, ambivalencia y enigmática regresión de la libido al yo.

Con esta concepción Freud ubica a la melancolía como un proceso patológico al señalar que la identificación narcisista era similar a la que encontraba en la esquizofrenia, quedando el objeto en el lugar de la cosa, del das ding.
Luego en El yo y el ello modifica su teoría argumentando que el melancólico se identifica al padre muerto, en tanto el yo es juzgado por el superyó que se ha engendrado por identificación con el arquetipo paterno. Esta concepción la hace extensiva a la constitución del yo en general. Así lo que trata de situar en la melancolía se generaliza a la estructura del yo, al que considera un cementerio formado por identificaciones a objetos perdidos, objetos de amor, idealizados. De allí se desprende que la estructura del yo sea melancólica.

Germán García, en el curso La clínica y el lenguaje de las pasiones señala los caminos que Freud planteaba que podía realizar el sujeto ante la pérdida de un objeto. Una vez perdido, si el objeto va a parar a la fantasía donde es sustituido por otro, se trata de un sujeto neurótico, con el que es posible establecer una transferencia en análisis. Si la libido del objeto va hacia el yo, corporal, y luego va al inconsciente donde la palabra es igual a la cosa, se trata de un psicótico. Señala que en Freud, bajo esta perspectiva no se puede situar claramente a la melancolía puesto que plantea dos circuitos que se separan solamente en neurosis y psicosis.

En una conversación con Emilio Vaschetto, publicada en Depresiones y psicoanálisis, Germán García, respecto de cuestiones clasificatorias, indica que hay que separar el sentimiento de vacío, del de la pérdida. Es así que alguien que presenta un sentimiento de vacío pude ubicarse dentro de la depresión y remitir a la histeria. Mientras que a alguien que padece un sentimiento de pérdida podría ubicarlo dentro de la obsesión, la psicosis u otra cosa. Y respecto de la melancolía recuerda que aún no se ha saldado la discusión acerca de donde ubicarla. Aclarando que cuando una melancolía es psicótica es bien reconocible, pero eso no garantiza que uno no se equivoque cuando una melancolía no es psicótica; para ello habría que encontrar estereotipias discursivas y fundamentalmente cronicidad.

Podemos decir así que las llamadas depresiones son trastornos actuales que pueden ser efecto de lo social, del malestar en la cultura, por un sentimiento de vacío en relación a un ideal, sin llegar a constituir un síntoma. Algo como la introspección, el aislamiento, que en la edad media se consideraba una virtud, hoy bajo la exigencia social de felicidad y bienestar se lo clasifica de depresión y se medicaliza borrando las singularidad del sujeto.
A diferencia de las depresiones que están en relación a un ideal, la melancolía está en relación a un objeto, del cual el sujeto no se separa, ni se confunde con él. El sujeto melancólico queda ubicado como desecho a nivel del cuerpo, como objeto caído, caído de la cadena significante. Esto es explicitado por Lacan en el Seminario VIII donde expresa claramente que el melancólico se identifica al objeto “a”, salido de la cadena significante. Cito: “El objeto está siempre enmascarado detrás de sus atributos.(…) El asunto solo empieza a convertirse en algo serio cuando comienza lo patológico, es decir la melancolía. En ella el objeto es mucho menos aprehensible (…) El sujeto no puede aferrarse a ninguno de los rasgos de ese objeto que no se ve y así desencadena efectos infinitamente más catastróficos, porque llegan hasta el agotamiento de lo que Freud llama el Trieb más fundamental, el que te amarra a la vida.”
Agrega que el analista puede identificar a algunos de esos objetos por los rasgos a los que el sujeto ataca como si fueran sus propias características. Un ejemplo claro es la expresión: “soy una basura”. Marcando así que en las autoacusaciones se ve el dominio de lo simbólico, sobre el que se podría incidir.

Ya en el Seminario V si bien no se refiere específicamente a la melancolía, Lacan habla de ciertos sujetos que presentan una “tendencia irresistible al suicidio”, que durante el transcurso del análisis “se rehúsan a entrar en juego, quieren literalmente salir de él. No aceptan ser lo que son, no quieren saber nada de esa cadena significante en la que sólo a disgusto fueron admitidos por su madre”. Allí recuerda que Freud destaca el deseo de reconocimiento como el fondo de lo que constituye la relación con el sujeto, y plantea: “¿Hay alguna otra cosa que la relación fundamental del sujeto con la cadena significante?”

Para Lacan el objeto le es procurado a uno por sus identificaciones, es decir hay Otro que establece el valor de objeto. Así el neurótico se sitúa a partir de ese collage de identificaciones, de fantasías. Contrariamente el psicótico no puede ubicarse por el lenguaje. Es la percepción la que lo ubica y le da la certeza de que es eso.

En Televisión si bien Lacan no se refiere a la melancolía, recurre a categorías teológicas para hablar de tristeza, pecado, cobardía moral, mal humor y plantea una teoría sobre el afecto y las pasiones. Para dar cuenta del porqué del uso de estas categorías teológicas, Germán García indica que para Lacan la jerga psiquiátrica fracasa y la desafía expresando que es mejor hablar de cobardía moral, que de melancolía o manía.
Allí Lacan expresa que “se califica a la tristeza de depresión, cuando se le da el alma por soporte.(…) Pero no es un estado del alma, es simplemente una falla moral, como se expresaba Dante, incluso Spinoza: un pecado, lo que quiere decir una cobardía moral”

Eric Laurent en Melancolía, dolor de existir, cobardía moral hace un vasto recorrido sobre estos conceptos en Freud y en Lacan y señala que a partir de Televisión hay que diferenciar la clínica de la cobardía moral, asociada a la depresión, de la clínica del rechazo del inconsciente que remite a la melancolía y la manía.

Melancolía y masoquismo

A partir de la lectura de Duelo y melancolía surge el interrogante acerca de la relación entre melancolía y masoquismo, donde Freud escribe: “Si el amor por el objeto se refugia en la identificación narcisista, el odio se ensaña con el objeto sustitutivo insultándolo, denigrándolo, haciéndolo sufrir y ganando en ese sufrimiento una satisfacción sádica. Ese automartirio de la melancolía es inequívocamente gozoso. (…) la satisfacción de tendencias sádicas y de tendencias al odio que recaen sobre un objeto han experimentado una vuelta sobre la persona propia.” Luego agrega que es el sadismo el que revela el enigma de la inclinación al suicidio, argumentando que el sujeto sólo puede matarse cuando puede tratarse a sí mismo como a un objeto.
Expresa que el melancólico se complace en el desnudamiento de sí mismo, como obteniendo satisfacción de la exhibición de su sufrimiento ante la mirada del otro, sin sufrir ningún sentimiento de vergüenza.
Hay ciertos puntos de congruencia con la descripción que hace del masoquismo moral en El problema económico del masoquismo, en tanto éste se genera a partir de un dolor ejercido por un superyó verdugo. Allí dice que ni la autodestrucción de la persona se produce sin satisfacción libidinosa. Y es en Pegan a un niño que describe al masoquismo como una reversión del sadismo hacia la propia persona, por regresión del objeto al yo.

Respecto de la vergüenza Freud argumenta que el melancólico no la padece pues goza de una mostración de su dolor, con estilo masoquista. En Lacan, si bien no hay referencias explícitas al respecto, se puede ver que ubica al masoquismo en un lugar opuesto al de la melancolía respecto del Otro.

Es en el Seminario X que Lacan introduce la idea de que el masoquista se da a ver como desecho y hace puestas en escena para el Otro, intentando producir su angustia. Se entiende entonces que en el masoquismo hay una puesta en escena del objeto “a”; un acting out, un engaño, en el que siempre es necesario que haya otro, presente o no.
El melancólico en cambio está en posición de desecho, identificado con el objeto “a” y puede pasar al acto saliendo de escena. Así el suicidio como pasaje al acto melancólico es una salida de escena, el acto que no engaña.
Contrariamente al acting del masoquista, en el que hay un llamado al Otro, en el pasaje al acto melancólico hay un no querer saber nada más, un rechazo de todo llamado al Otro.
A partir de estas conceptualizaciones podría inferir que el melancólico es (objeto de desecho) y el masoquista se hace (objeto de desecho).

Retomando la cuestión del acting y el pasaje al acto, al final del Seminario X Lacan al referirse al duelo y a la melancolía, ubica la función del duelo como acting out, debido a que el trabajo del duelo es el de mantener todos los detalles imaginarios con el fin de restaurar el vínculo con el verdadero objeto que está enmascarado, el objeto “a”. O sea en el duelo se trata del i (a).

Contrariamente, en la melancolía Lacan señala que se trata del objeto “a”, ignorado y alienado en una relación narcisista. Dice: “el hecho de que se trate del objeto “a” exige para el melancólico pasar a través de su propia imagen y atacarla para poder alcanzar en ella el objeto “a” que la trasciende y cuya caída lo arrastrará en la precipitación-suicidio.” En la melancolía el pasaje al acto suicida apunta a cortar la vida biológica como único recurso para eliminar lo intolerable.

De lo anterior surgen preguntas que abren líneas de investigación
¿Qué salida hay para el melancólico que no sea una salida de escena por el pasaje al acto?
¿Podríamos hablar de carácter melancólico en algunos sujetos que tienen deseos sin salida, en los que el dolor de existir es inamovible?

Considero que la mayor importancia de ver estos aspectos es la de sensibilizarnos frente a la conveniencia de separar la melancolía, el dolor de existir, de la depresión y otras clasificaciones, siendo interesante para poder pensar diferentes salidas de la melancolía, como puede ser la construcción de un objeto con la escritura, como en el caso de Macedonio Fernández, posición opuesta a la tendencia actual de intentar suprimirla, por ejemplo, con el fármaco.

 

 

 

 

 

 

El psicoanálisis desde Freud se ha preocupado de elaborar un saber sobre el amor y el deseo. Este hecho no debe sorprendernos ya que desde el comienzo de la experiencia analítica está el amor de transferencia. El amor en psicoanálisis es el amor de transferencia, de esto voy a hablar.

E
n sus "Contribuciones a la vida amorosa" nos dice Freud que la elección de los objetos de amor que un sujeto realiza a lo largo de su vida viene siempre marcada por un objeto de amor primero y fundamental: la madre. Así, cada elección de objeto va a ser un intento de realizar aquellas aspiraciones infantiles inconscientes a las que el niño quedó fijado, que surgieron en relación a la madre como primer objeto de amor y que quedaron reprimidas por la barrera del incesto. La consecuencia es que el objeto o los objetos amorosos que un sujeto elija a lo largo de su vida van a ser siempre sustitutos de aquel objeto primordial.

N
os descubre Freud que siempre hay un elemento de repetición inconsciente en los objetos de amor que elegimos. Hay algo en la naturaleza misma de la pulsión sexual, desfavorable a su satisfacción plena. Ya que al haberse perdido el objeto originario por obra de la represión con ningún otro objeto se va a alcanzar una total satisfacción. El mensaje que nos deja Freud acerca del amor no es halagador para el ser humano puesto que llega a la conclusión de que existe un desarreglo esencial en la sexualidad humana.

E
sto que dice Freud, Lacan lo va a resumir en la fórmula: "No hay relación sexual". No hay relación sexual no quiere decir que no haya relaciones sexuales. No hay relación sexual quiere decir que no hay armonía entre los sexos, que nunca va a haber un encuentro pleno, un goce absoluto. Para Freud la causa de este desencuentro está en la imposibilidad de alcanzar el objeto , ya que éste se perdió para siempre. Lacan en cambio va a decir que el objeto nunca estuvo, nunca existió. Que es por el mismo hecho de hablar, por los efectos que el lenguaje tiene sobre el ser que habla, que no hay relación sexual. Pero es esta misma falta de adecuación entre el sujeto y su objeto, esta falta de relación sexual la que va a posibilitar que surja el amor. No ocurre lo mismo en los animales en los que basta que reconozcan a otro de la misma especie para que se ponga en marcha el instinto sin intermediación de lo simbólico. Así pues, El amor sólo es posible en el ser hablante. Pertenece al campo del lenguaje. Lacan acude a la antigua Grecia y toma "El banquete" de Platón para situar el amor de transferencia, lo que ocurre en la relación analítica entre analista y analizante. "El banquete" se refiere al amor, trata de la reunión de varios personajes, con motivo de la celebración de una comida, y en la que se pide a cada uno de los comensales que haga un elogio sobre el amor. El amor griego era el amor a los jóvenes bellos, el amor homosexual, donde cada uno de los miembros de la pareja era nombrado de forma diferente indicando su posición en la pareja. Erómenos: es la palabra que designaba al joven amado, era el más joven de los dos que había consumado su desarrollo pero que aún era imberbe. Era el objeto de amor. Erastés: designaba al mayor de los integrantes de la pareja, era el amante, aquel que careciendo de algo puede desear. Lacan lo dice de una manera muy precisa: el Erastés es el que no tiene; el sujeto que puede desear porque no tiene. Al contrario, el erómenos, el objeto amado, es el que tiene. Y el erastés desea lo que el otro tiene.

L
acan trabaja con la fórmula: amor es dar lo que no se tiene, definición del amor que encuentra su razón de ser en el propio texto de "El Banquete", en el discurso de Diótima cuando ésta explica el mito del nacimiento de Eros: Eros, el Amor, es hijo de Poros, Dios de la abundancia, y de Penia, la Pobreza. Penia se caracteriza por la aporía, que quiere decir falta de recursos (que en filosofía designa un callejón sin salida). Penia se hace embarazar por Poros en unas circunstancias bastante especiales: Poros asistía a las fiestas celebradas en honor al nacimiento de Afrodita, Penia que no había sido admitida se queda fuera vigilando. Poros, borracho, se duerme, lo que aprovecha Penia para hacerse embarazar. Y es así como nace Amor, que siempre tendrá algo de bello por la coincidencia de su concepción con el nacimiento de Afrodita. Aporía que Lacan nombra en lugar de Penia, es porque no tiene nada, o lo que es lo mismo, es a partir de su falta desde donde se pone en movimiento. El amor implica acción. Al amante le falta algo que irá a buscar en el amado.

L
acan toma cada uno de los discursos de los asistentes al banquete como si se tratara "de una serie de sesiones psicoanalíticas". Se va a servir de la oposición entre: erastés, el amante, y erómenos, el amado, para interrogar el amor de transferencia, lo que ocurre en el par analista-analizante. ¿Cómo surge el amor entre el erastés y el erómenos, cómo articular lo que le falta al amante con lo que tiene el amado? Ya que, como he señalado al principio, no hay coincidencia entre lo que a uno le falta y lo que el otro posee, y es esta no-coincidencia la que posibilita el amor.

L
acan dice que el amor es una metáfora, es decir la sustitución de un significante por otro que produce una significación nueva, el Amor. La función del amante (erastés) sustituye a la función del amado (erómenos) y surge el amor como significación nueva. Lacan ejemplifica la metáfora del amor con una bella imagen: "Es ese deseo por el objeto amado que yo lo compararía con la mano que se extiende para atizar el leño y que en el momento de alcanzarlo se inflama, y en la llama aparece otra mano que se tiende al encuentro de la primera ¡lo que se produce entonces es el amor!". Vemos que no se trata de simetría, de ninguna similitud en manos opuestas, el movimiento de una no es réplica de la otra. Es un movimiento de báscula, de erómenos a erastés. El erómenos que aparecía completo surge a su vez como deseante.

L
acan se va a detener sobre todo en el dialogo entre Alcibíades y Sócrates para situar la posición del analista en la relación transferencial. Alcibíades dirige a Sócrates su demanda de amor. Es el erastés, desea el agalma, objeto precioso que cree en posesión de Sócrates. Pero Sócrates no se reconoce cómo erómenos de Alcibíades, dice no tener nada deseable, nada digno de ser amado. Sabe que eso tan valioso que en él ve Alcibíades en realidad es nada. Y así, no respondiendo a la demanda de amor de Alcibíades, negándose a ser su erómenos, impide que se realice la metáfora del amor. Al mismo tiempo, en el momento en que reconoce no tener nada, nada digno de ser amado, Sócrates surge como deseante, como erastés, y es este lugar de falta, lugar de deseo, lo que le permite interpretar a Alcibíades, diciéndole: Todo ese amor que tu diriges hacia mi en realidad es a Agatón a quien se refiere (Agatón es otro de los asistentes al banquete). Alcibíades y Sócrates muestran la articulación central de la transferencia: la dimensión de un amor que apunta a un saber. Un amor que se dirige al saber en la medida que está en el inconsciente y en tanto es supuesto.

A
parece un saber nuevo, saber inconsciente que Alcibíades portaba sin saberlo. Esta posición de Sócrates como lugar de falta que permite una interpretación, es la que Lacan señala como posición del analista. En el amor de transferencia el analista no se confunde, sabe que el amor del analizante no es a su persona, es un amor al saber del inconsciente, saber que sólo va a surgir a partir del deseo del analista. En este punto podríamos decir que en el amor de transferencia el analista da lo que tiene: su deseo. Los psicoanalistas nos interesamos en el amor porque, como he tratado de transmitir en este trabajo, está presente en la relación transferencial. Le damos valor por su función de moderar el goce, que es con lo que los analistas nos enfrentamos diariamente.

E
s porque el amor nos conduce al deseo; sin el amor la pulsión no cede. No quiere decir que desaparezca, pero el amor nos permite no estar siempre en lo mismo, nos permite pasar a otra cosa.

 

 

 

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Por esto es que  no se atribuye al sujeto la capacidad de amar, su elección de objeto  tanto como su devenir  amoroso está determinado por una serie de procesos inconscientes, que se originan en los primeros años de la vida infantil y  que en estos años son fundantes y decisivos, pero que se desarrollaran de manera constante; Freud (1905) dirá: “La inclinación infantil hacia los padres es sin duda la más importante, pero no la única, de las sendas que, renovadas en la pubertad, marcan después el camino a la elección de objeto. Otras semillas del mismo origen permiten al hombre, apuntalándose siempre en su infancia, desarrollar más de una serie sexual y plasmar condiciones totalmente variadas para la elección de objeto.”

 

Entre los años 60 y 80 aparece Lacan y aporta la teoría del amor desde “La falta” en torno a la transferencia y la proyección .

El  amor desde este entendimiento es una  carga de energía que se transfiere en la necesidad de completitud. El sujeto siente que algo le falta (por eso uno se enamora cuando esta triste) y el otro (objeto de amor) es  quien llena esta falta, completa “Sé que puedo amarte porque me haces falta” Galas: Poema No sé, o “Todo lo llenas tú, todo lo llenas/Antes que tú poblaron la soledad que ocupas” Neruda: Poema

 

Esta utopía de completitud conformara el ideal de la media Naranja,  pero a la hará una  deflación del otro, ya que el otro es  un objeto que intenta saciar, o al menos completar la propia carencia, por eso se lo desea; Así mismo, no solo se lo desea, sino, se desea “ser amado”. Este es el sentido proyectivo de la falta, ya que, lo que ama el Yo, en el amor, es el amor por uno mismo; Allouch dirá: “el enamoramiento se apoya sobre el Ideal del Yo que es el Otro pero cuando uno está enamorado el Ideal del Yo no se inclina sobre el Yo Ideal, porque lo es”. Por tanto me enamoro del objeto que me falta, y que va a poder completarme, porque a través de “él/ella” me imagino completo; a la vez me instauro como objeto que le falta al otro (intento de perpetuar mi existencia  a partir de la conservación de un lugar), es así que lo deseo porque me completa y deseo que me desee porque yo soy lo que le falta, así él/ella es “yo” completo.

Lacan dice del amor: “El amor es dar lo que no se tiene, a alguien que no es el objeto de amor solo hace semblante (apariencia) de lo que hemos perdido “el amor es dar lo que no se tiene a alguien que no quiere eso”