Primera charla          

 

El sentimiento de culpa

 

 

Reclamación

 

Yo no digo /que no haya que pagar por los errores,/la prepotencia desmedida,/por las palabras a destiempo,/los puñetazos en la mesa/y los dardos dejados en un tronco./Yo no digo/que no quiera yo pagar /por los besos recluidos en la celda de la boca,/o el daño que infligimos por mantener un rumbo/que quisimos creer iba a buen puerto./Y las veces que no dimos la cara/o que pusimos la de alguien./Y por la negligencia/de ignorar al de enfrente/por mirar siempre para arriba./Y por las mentiras dichas a toda voz/y las verdades sin volumen./Que no lo digo./Que no es cierto que no quiera pagar./Yo sólo afirmo/que me parece injusto/que además se nos queden con las vueltas.

 

El sentimiento de culpa —que, por definición, es la percepción de haber realizado algo malo, de ser responsable de una falta, un delito o un acto incorrecto— es esa punzante y desagradable sensación de haber sido ejecutor de un mal y, por lo tanto, quedar expuestos a la reprobación o la recriminación. Este sentimiento que puede tener un origen inconsciente, esto es, que somos desconocedores de nuestra falta, engendra el miedo a, o el deseo de recibir el castigo que a modo de expiación redentora el sujeto cree merecer, de ahí que Freud se refiriera a la culpa inconsciente como necesidad de castigo. El alivio que puede ir aparejado al castigo como consecuencia del cumplimiento de una condena puede transformar el sufrimiento en algo deseable: nos hace sentir dignos del perdón al haber pagado nuestra deuda por la incorrección cometida. En el masoquismo el sufrimiento, el dolor y las penalidades pueden ser por lo tanto fuente de goce, de satisfacción, que no de placer, pudiendo afectar el área de la sexualidad. Incluso en ocasiones pueden llegar a aparecer síntomas o enfermedades que expresan la necesidad inconsciente de padecimiento: un tributo de expiación. La ventaja de la enfermedad, también denominada ganancia secundaria, tiene relación con una necesidad de padecimiento del sujeto, que obtiene de ella algún tipo de beneficio, aunque al precio del malestar encarnada en el síntoma.

 

Culpa, pecado, autorreproche, expiación, sacrificio, castigo, deuda, autoacusaciones, remordimiento, autodesprecio, son términos que se entrecruzan y solapan, todos ellos fácilmente discernibles en las patologías, de modo mucho más notable en el trastorno obsesivo y en la depresión melancólica. En estas dolencias se vislumbran con más claridad y contundencia estas ideas autopunitivas, pudiendo en la depresión llevar al sujeto al suicidio, supremo acto autodestructivo. Si en la obsesión pueden ser puestas en práctica compulsivos ceremoniales ritualizados (lavado de manos…) o pensamientos absurdos, repetitivos e inevitables como mecanismo mental que atenúe o desplace el malestar producido por el sentimiento de culpa, en la depresión pueden arrastrar al sujeto que sufre a desear fervientemente su propia desaparición.

 

Aunque en principio los sentimientos de culpa debieran guardar estrecha relación con una transgresión que ponga en entredicho los ideales con los que el sujeto se ha identificado y que por tanto constituyen el cimiento de su identidad, ideales, planteamientos existenciales que han sido quebrantados, incumplidos o no acatados al pie de la letra, no siempre esta respuesta anímica tiene que ver con una acción llevada a cabo por quien se siente culpable. Pueden responder a ideaciones o deseos, a veces desconocidas (inconscientes) del sujeto que padece. Es por esto que fuera del consultorio los sentimientos de culpa puedan parecer faltos de sentido, sin una base sólida que los justifique. Sin embargo, una escucha atenta puede lograr discernir entre las palabras que conforman el discurso del analizante razones por las que tales acusaciones persisten ante toda lógica coherente, resistiendo cualquier refutación proveniente del sentido común. En el psiquismo del sujeto hay una causa por la que la culpa se atrinchera y resiste las embestidas de cualquier argumentación por más sensata que esta pudiera parecer a ojos de un observador objetivo.

 

Los versos de Ángel González de su poema Memoria alevosa dan cuenta del dolor que en ciertos momentos puede llegar a infligirnos la memoria

 

Aquel tiempo que dejamos por muerto volvió en sí/ y me hirió mortalmente por la espalda.

 

            El olvido en el cual pretendemos ampararnos para diluir la culpa no llegó a consumarse: lo reprimido retorna con alevosía (de su nocturnidad saben mucho los que padecen de insomnio). Y es que el pasado a veces no es tal, puesto que se presentifica con reiteración. A esto hacen referencia en muchas ocasiones los pacientes. “¿De qué sirve hablar del pasado?”, se preguntan. Poco a poco van cayendo en la cuenta de que no es del pasado de lo que hablan sino del presente, porque es en la actualidad donde los recuerdos clavan su afilada punta.

 

Cuando tras una pérdida, esto es, la desaparición irreparable de un objeto importante (no siempre una pérdida implica que deba sucederle un proceso de duelo, como sucede por ejemplo con la pérdida de los padres cuando estos han padecido una prolongada enfermedad) cuya presencia sostenía el deseo del sujeto, surgen los sentimientos de culpa, pueden estos ser interpretados como un intento de sostener en el tiempo el vínculo con lo perdido más allá de su desvanecimiento, una tentativa de hacer perdurar el lazo que nos unía a eso que perdimos; así como pueden ser también una prueba de la ambivalencia de sentimientos amorosos y hostiles hacia dicho objeto, hostilidad vuelta sobre sí mismo: la rabia torna al yo. El duelo (que se diferencia de la melancolía en que en el primero hay un objeto de la realidad perdido, se sabe lo que se perdió) puede acarrear poderosos sentimientos de culpa como reacción a una pérdida. Si ante cualquier objeto que hemos dejado de tener, respondemos con sentimientos de culpa, algún efecto han de procurarnos estos penosos afectos. El dolor que la separación produce debido a la ruptura con un objeto (puede ser un artefacto, una persona, un ideal…) pone en funcionamiento una serie de mecanismos psíquicos para amortiguar el impacto que tal mutilación ha producido. En el duelo patológico la pérdida se hace por completo inasumible. Algo nuestro se ha perdido con la desaparición que ha acontecido en la realidad, hasta el punto de que no podemos proseguir nuestro camino sin ello. El desprendimiento se ha hecho inelaborable. De aquello a lo que estábamos prendidos, no nos podemos soltar. En relación a esta dificultad quiero introducir una estrofa de Blas de Otero que otorga al lenguaje la capacidad de cicatrizar heridas anímicas generadas por la pérdida. En el principio:

 

Si he perdido la vida, el tiempo, todo/lo que tiré, como un anillo, al agua,

si he perdido la voz en la maleza/me queda la palabra.

 

De la potencia de la palabra para curar los padecimientos humanos y restaurar estados más saludables daremos cuenta, si así el auditorio lo consideráis oportuno, en una posterior charla.

 

La utilización de los sentimientos de culpa por parte de las instituciones que han ostentado el poder desde tiempo inmemorial para someter al individuo ha sido materia profundamente estudiada. Freud, en El porvenir de una ilusión, texto de 1927 que analiza pormenorizadamente la religión, analiza los actos expiatorios y sacrificiales como intentos de contentar a los dioses, pudiendo por lo tanto ser pensados como conductas realizadas con el objetivo de ejercer control y dominio sobre ellos, negando mediante rezos, conjuros y sacrificios la impotencia congénita de los humanos frente a los poderes universales, herméticos a la influencia que los mortales podemos desplegar contra estas fuerzas sobrenaturales. Cargar con el peso de la culpa (hacerse cargo, pesar, pesadumbre, pesimismo, ser un pesado, ser insoportables) puede proporcionarnos la sensación de que algo en nuestro interior ha influido en la causación del dolor, pudiendo por consiguiente poner en marcha los mecanismos compensatorios  o reparatorios que contrarresten la sensación de fragilidad e indefensión. Como afirma J.-.A.Miller “la culpa, la nuestra y la de los demás, viene muy bien para negar el no hay”; en otras palabras, la culpa utilizada como parapeto para no hacernos cargo de nuestras limitaciones, nuestras carencias e imposibilidades, las nuestras y las de los otros. La culpa desde esta perspectiva es un mecanismo psíquico que opera como intento de revertir, negar, ensombrecer o atenuar la herida narcisista con que la humanidad carga, la marca de la castración, la falta, la incompletud.

 

Un ejemplo con el que me he tropezado en varias ocasiones en la consulta es que tras una ruptura amorosa la parte más perjudicada necesita de su partenaire una respuesta, un motivo “de peso” que explique la fractura en el vínculo, aunque este sea acusatorio o denigrante. Al menos con esta explicación podemos hacer algo, tomar algún tipo de iniciativa, aunque sea culpabilizadora, mientras que con el silencio del amado caemos en el agujero sin fondo de lo imprevisible, lo desconocido, lo ignorado, lo cual agudiza la angustia. Recordemos que la angustia se diferencia del miedo en que la primera es sin objeto, no hay un suceso de la realidad exterior que dispare la respuesta corporal angustiosa: no sabemos a que se debe la sensación amenazante. Optamos por la culpa si la alternativa es el vacío del desconocimiento. De ahí que Freud detectara en su labor analítica personalidades de delinquen por sentimiento de culpabilidad: al menos el delito es tangible, y por lo tanto punible. La culpa angustiosa sin causa reconocible encuentra en el delito el motivo de causación: el sujeto puede ser encausado y castigado por las instituciones. Solo así podrá, una vez cumplida condena, aspirar al perdón y liberarse.

 

Si bien desde tiempos ancestrales se ha culpabilizado el sujeto de los designios de su destino como consecuencia de haber cedido a sus deseos carnales (pecado original), en la actualidad se culpa de la situación económica a los dispendios del ciudadano de a pie que “ha vivido por encima de sus posibilidades”. De este modo se elude hacer una reflexión más profunda de las causas que han precipitado la crisis actual. Culpa como mecanismo manipulativo para debilitar al sujeto y hacerle más dócil y permeable a los sacrificios económicos que tendrá que soportar como merecido castigo por sus excesos consumistas (por otro lado fomentados por los mercados para su propio enriquecimiento).

 

El ámbito de la convivencia en pareja no queda exento de la utilización de estos mecanismos de control y dominio. El cansancio (por la cantidad de tareas realizadas), el dolor (por algún tipo de sobrecarga o dolencia), la entrega (por los sacrificios hechos por la otra persona) pueden ser argüidos como excusa para refrenar las acusaciones recibidas en alguna de las refriegas domésticas que en todos los hogares tienen lugar cada cierto tiempo. La culpa al otro queda aquí puesta al servicio de la defensa de nuestra inocencia, culpa como acusación que puede ser emitida de modo activo o pasivo: como antes hemos mencionado, nuestro sufrimiento puede producir algún tipo de ganancia. Chantaje emocional que produce culpa en el otro irremisiblemente. Para reforzar este planteamiento un caso que más de una vez me he encontrado y que quizá os suene: “Para no ir a trabajar no me va a quedar más remedio que ponerme malo”. La enfermedad, con su carga de malestar, al servicio del deseo. Porque ¿cómo culpar a alguien de no responder a sus obligaciones si está enfermo?

 

Cuando alguien dice sentirse culpable si se niega a responder a la demanda del otro, si decide optar por expresar abiertamente su posición y defenderla, ser asertivo (como hemos explicado cientos de veces en los cursos impartidos), quizá estemos hablando de las dificultades para asentar una posición subjetiva y desligarnos de las imposiciones provenientes del exterior. La culpa en este caso podría ser entendida como un mecanismo de autorrepresión para sostener, al precio del malestar, un lazo con el otro, por más destructivo que pueda llegar a ser este tipo de vínculo (actitud que se suele  encontrar en la base del maltrato de género). Pero el ser humano tiende a buscar amos que dicten el rumbo a seguir para, de este modo, escapar de la soledad, la libertad y la inseguridad inherente. El camino que se hace al andar queda descartado, siendo elegida la ruta asfaltada de tres carriles, señalizada, iluminada y archiconocida que lamentablemente se suele acabar transformando en rutina. El aburrimiento por tanto podría ser definido como un modo de dejar de lado nuestro verdadero ser, que ha quedado aplastado por los convencionalismos. El miedo a la libertad, asentado en una culpa paralizante, nos puede dejar anclados en las posiciones más inverosímiles y dolientes, quedando en la cuneta nuestro deseo.

 

Si bien el niño/a depende absolutamente en sus primeros años de la autoridad de los padres, sometiéndose (en mayor o menor grado) a su voluntad, a medida que se progresa en el desarrollo evolutivo las voces de sus mayores van siendo interiorizadas creándose el superyó. La moral queda entonces conformada como instancia de carácter interno, siendo el sujeto mismo quien juzga sus propios actos: el yo es juzgado por el superyó. Esta trasposición que da origen, como consecuencia positiva, a los logros culturales, debido a que contraponen restricción y represión al desenfreno pasional, tiene una faz destructiva y aniquiladora en la medida en que este juez interno se convierte en implacable e insaciable, pudiendo llegar a hacer añicos cualquier conquista alcanzada. La severidad del superyó, en principio germen de la moral, queda transformada en fuente inagotable de sufrimiento desde el momento en que nada de lo que haga el sujeto logra apaciguar su extrema exigencia. Los deseos de satisfacción libidinal entran en colisión con las restricciones culturales, llegando a quedar convertidos dichos deseos, de carácter sexual, en causa inconsciente de culpabilidad. El sentimiento de indignidad que acompaña a la culpabilidad puede forzar al sujeto a iniciar todo tipo de acciones expiatorias con la intención de lavar y purgar la culpa, limpiar su buen nombre, tiznado con la marca de lo maligno.

 

De tal envergadura pueden llegar a ser estos impulsos destructivos ligados al sentimiento de culpa que se llegan a dar casos donde al sujeto le es impuesta la prohibición del éxito, quedando atrapado en una irrompible red de fracasos personales que pueden abarcar varias facetas de su vida. Fracasos como castigo por su deseo de dar consecución a sus más íntimos y prohibidos intereses. “No puedo” dice una paciente deprimida en relación a sus capacidades. A lo que respondo: “No se si te refieres a que no vas a ser capaz o a que no te das el permiso”. Cuando una vez trabajadas estas cuestiones el sujeto se encuentra libre para acometer estas metas vitales nos encontramos con otro sentimiento: el miedo al abismo de ser quien en realidad queremos ser, al margen de lo que otros habían planificado para nosotros, por supuesto, para  nuestro propio bien, aunque esta amorosa decisión haya sido diseñada al margen de nosotros mismos.

 

 

 

Remedios

 

Remedios sufría. Sufría por los niños, por sus madres, por los pájaros y los árboles. Cuando Remedios veía dolor, sufría. Le dolían las lágrimas de los niños, las quejas de las madres, el tiritar de los pájaros y la sequedad de los árboles, y compensaba con su generosa entrega las carencias que podía, por más que supiera que en la mayoría de los casos no era más que parchear vías de agua de la rajada estructura social. Remedios era el niño, la madre, el pájaro, el árbol, era todo aquello que en su alrededor crujía, lloraba, tiritaba o se hería.

 

Incapaz de ahuyentar de sí esta infinita condolencia, Remedios se volcaba más y más, hasta el punto de que un día, rebuscando monedas sueltas en el monedero, un desaliñado señor de larga barba sentado en el suelo y sin zapatos le dijo: “Señora, por favor, écheme una mano.” Sin el más leve pestañeo, con su mano izquierda tomó la derecha y de un fuerte tirón la arrancó de cuajo y se la entregó a aquel hombre al que jamás había visto, quien admirado por tal muestra de sacrificio agradeció el gesto, cogió la mano de Remedios y se marchó a toda prisa, como si algo horrible fuera a suceder. Remedios, sin comprender muy bien tal comportamiento, pensó que su mano había sido de gran ayuda para aquel señor, pues por lo pronto le había sacado de la mendicidad. La media sonrisa en su cara producto del buen gesto quedaba aplacada por el dolor del desgarro en su carne. Creo importante señalar que Remedios hasta aquel día nunca había sido zurda.

           

Cuando fue a coger el autobús se topó Remedios con el primer contratiempo, sacar con una sola mano el monedero del bolso, al que luego sucedieron otros muchos: pulsar el botón de aviso de parada mientras el autobús estaba en marcha, sorteando en los frenazos a los hacinados viajeros, buscar las llaves de casa, desabotonarse el abrigo; sin embargo, esquivó aquel cúmulo de adversidades con su mejor cara. Llegó a casa y se dispuso a preparar la comida. No tardó mucho en aprender a encender la cocina: primero había que abrir el gas, después sacar una cerilla de la caja que debía ser apoyada de canto contra el frigorífico, y así, de una rápida sacudida, frotarla sobre la lija y con cuidado de no quemarse debido a la acumulación de gas, encender el fogón. Como estaba un poco cansada de su recién estrenada minusvalía, optó por no pelar los calabacines ni las patatas: un poco más de sustancia en el puré le aportarían las vitaminas necesarias en un día de tanto trasiego. Al menos la batidora era de fácil manejo. Entre estas y otra hazañas transcurrió su primer día desbrazada y aunque estaba bastante satisfecha de sí misma, algo le faltaba.

 

Al día siguiente, tras tardar más de lo previsto en ducharse, desayunar, vestirse y peinarse, echó de menos su querida mano derecha pero agradeció que aún le quedara la izquierda, incluso agradeció que aquel hombre desaliñado al que, insisto, jamás había visto, no se la pidiera; aunque pensándolo mejor no habría tenido mano con que arrancársela. Bien es cierto que conociéndose como se conocía, muy capaz era ella de haber pedido el favor al hombre de que se sirviera él mismo. Gracias a la tremenda capacidad de adaptación de Remedios en seguida se rehízo de su pérdida, volviendo en no muchos días a descubrir entre la muchedumbre los pañuelos humedecidos por las lágrimas y en los bosques los pinos resecos. Decidió prescindir del monedero, artículo inútil que cada día regresaba vacío a casa: mejor llevar las monedas más a mano. Descubrió que en los pantalones de grandes bolsillos podía agolpar los artículos que precisaba para sus dadivosas andanzas.

 

Una vez restablecida de su voluntaria amputación, Remedios recibió en casa la visita de una vecina que acudía con su hija de dieciocho meses dormida en un cochecito. Con su única mano preparó un café que sirvió con la dulzura que le caracterizaba y se dispuso a escuchar lo que aquella joven mujer venía a decir: “Remedios, tengo que salir y no tengo a nadie que se haga cargo de la niña. ¿Te importa echármela un ojo?”

 

Mentiría si dijera que Remedios esta vez no pestañeó. Pestañeó, yo diría que pestañeó varias veces, incluso decenas de veces, pero una vez hubo finalizado de pestañear, dirigió su única mano al ojo izquierdo, seguramente para compensar, y lo echó sobre el cochecito de la niña, con el suficiente recato como para no sacar a la criatura del sueño en que estaba sumida. Nuevamente, como el hombre desaliñado al que jamás antes había visto, la madre agradeció el gesto y se marchó de allí a toda prisa. Remedios, que no comprendía las estampidas tras sus magnánimos gestos, supuso que habría recordado alguna urgencia que con anterioridad hubiera olvidado. Cuando minutos más tarde quiso encender el fogón encontró grandes dificultades para atinar en la lija con las cerillas, descabezando algunas de ellas sobre la encimera: “me falta perspectiva” pensó Remedios, “a mansalva” añadió.

 

Al salir al día siguiente a buscar niños, pajarillos y demás desconsuelos sufrió varios accidentes y como siempre caía sobre la misma mano, acabó torciéndosela. Caídas, resbalones, golpetazos, empujones, incluso pescozones de aquellos que por su ubicación no pudieron vislumbrar la creciente discapacidad de Remedios. Por vez primera en su no muy larga existencia cruzó por su mente un pensamiento egoísta: necesito otra mano, y otro ojo. Y sin pestañear, esta vez sí, se abalanzó sobre los transeúntes a clamar por sus necesidades: “Perdone señora, ¿le sobra una mano? Caballero, ese ojo no me vendría mal. Hace juego con el que me queda”. Las caídas, pescozones y empujones se recrudecieron, así que Remedios prefirió volverse a casa a reconstituirse y reflexionar sobre los extraños acontecimientos que últimamente le venían sucediendo.

 

Ahora Remedios veía a los pajarillos, pero más lejos de lo que con anterioridad los observaba, y cuando en el parque escuchaba el llanto de un niño no lo percibía con la estridencia del pasado. Algo estaba cambiando en su manera de ver el mundo. Se sentía aturdida, confusa. Alguna idea se le descuadraba del perfecto puzzle que desde niña había construido respecto a lo que era correcto y lo que no, a lo que debía hacerse y pensarse. Sentada en el bordillo de la acera se preguntaba qué hacer a partir de ahora. ¿Y si alguien le pidiera otra mano, u otro ojo? ¿Cómo encendería el fogón de la cocina?  Pero, ¿qué alimentos iría a cocinar sin ni siquiera una mano para coger el bastón de ciega que le permitiera llegar a la pescadería? Enmarañada en esta vorágine de pensamientos le sobrevino una frase que atronó en su cabeza: No puedes dar todo lo que te pidan.

 

Pensarán los lectores que es absolutamente normal que en las circunstancias en que Remedios se encontraba hubiera brotado en su pensar esta idea, e incluso a muchos de ustedes les parecerá estúpido que no se le hubiera ocurrido antes. Sin embargo lo que Remedios hizo con estas ocho palabras, con estas veintisiete letras, fue lo que solemos hacer con las servilletas de papel una vez nos hemos limpiado con ellas el tomate de las comisuras: hacerla una pelota y tirarla a la papelera más cercana. Decidió entonces Remedios que si la visión de los pajarillos se le hacía compleja a cierta distancia, con comprar unas gafas graduadas el problema quedaba resuelto; además, sólo pagaría una lente. Y que si no le eran fácilmente perceptibles los llantos de los niños se aprovisionaría de un audífono de gran alcance. Con estos artilugios compensaba la carencia sensitiva, puesto que la física era irrecuperable, si bien la necesidad de mantener el ritmo de trabajo que tenía antes de la lesión, por llamarlo de alguna manera, le obligó a incrementar la agilidad de su mano superviviente y la agudeza de su único ojo. De este modo pudo Remedios arrojarse de nuevo a rescatar mendigos de entre sus mantas raídas, gatos de entre las ramas más altas, y otros menesteres que ustedes, llegados a estas alturas del relato podrán, sin mucho esfuerzo, imaginar.

 

Pasaron bastantes meses sin que ninguna persona de aquellas que por Remedios eran ayudadas osara pedir, ni sugerir o mencionar siquiera, alguna cosa que pudiera ser considerada como extirpable, lo que le permitió ir poco a poco afianzándose en su quehacer; se habituó a ponerse y quitarse con su zurda las gafas de una sola lente de aumento, a afinar el sensor del audífono para detectar llantos semiocultos si no fuera por los avances de la tecnología, a encender cerillas con un golpe certero en la lija, no ya de la caja de cerillas, demasiado angosta para atinar tuerta, sino de otra de quince centímetros cuadrados adherida con papel de celofán al lateral de la nevera.

 

Un día de primavera que Remedios escudriñaba los suburbios topó al doblar una esquina con una mujer ciega, deteniéndose en el acto por si hubiera alguna herida abierta que curar o torcedura que vendar. La mujer, de avanzada edad, no pudo vislumbrar las múltiples carencias que la viandante acarreaba, así que tiró del repertorio habitual: “Por compasión. Compre un cuponcito ¿Es que no tiene corazón?” Remedios, estupefacta, no podía vocalizar. No podía pensar. Los latidos del pecho percutieron contra la caja torácica hasta el dolor, bombeando con tal intensidad que le temblaron las piernas por exceso de riego. Petrificada, no pestañeó, no respiró, sólo una fría agitación interna escarchó todo su ser, congelando capilares, arterias, cartílagos, uñas, tejido intestinal. De repente las ocho palabras, las veintisiete letras,  reflotaron de no se sabe dónde, quizá del baúl que a cal y canto había sumergido en el más profundo sótano de su memoria. Y nuevamente, Remedios, hizo una bola con ello y lo tiró a una papelera, se abrió el vestido e introdujo sus dedos entre sus costillas. Tuvo ganas de chillar pero se contuvo. Horadó hasta sentir en las yemas el rojo y viscoso pálpito. Enredó entonces sus cinco dedos en su corazón y tiró con fuerza: ya conocía el modo de hacerlo. En los escasos instantes que permaneció de pie antes de que su cráneo impactara contra el pavimento pudo encontrar, como en tantas y tantas ocasiones con anterioridad había encontrado, las palabras exactas para estas circunstancias tan poco favorables: “¿Cómo puede usted dudarlo señora? Cójalo, que sé que no puede verlo”. Buscó el regazo de la anciana señora, depositó en él su más preciado bien y se dispuso a partir hacia algún lugar sin tantas exigencias.