Una vez que la especie humana ha ido pudiendo superar siglo a siglo sus reticencias antropocéntricas hasta llegar a asumir que la Tierra ni era plana, ni tampoco el centro del Universo, lo cual ha permitido algunos siglos después desglosar vía satélite cada metro cuadrado de la superficie terrestre, pocos espacios vírgenes quedan a descubrir. El universo se va haciendo más pequeño gracias a los supertelescopios y los viajes espaciales, y la nanotecnología ha ido adentrándose en la biología a nivel intracelular: disminuyen los terrenos a colonizar. Los sistemas informáticos, en aras a facilitarnos la existencia, exploran las relaciones humanas desarrollando redes sociales que permiten no solo poner en conexión a las personas, sino lograr comercializar estos soportes digitales hasta hacerlos sumamente rentables. El sistema insaciable y expansivo busca sin cesar nichos de mercado, espacios que abarcar, para que una vez descubiertos, sean inyectadas las marcas que otorguen al consumidor la posibilidad de clausurar, de una vez por todas, la insatisfacción que el propio sistema de marketing se encarga de fomentar a base de sus incesantes andanadas publicitarias.

El cuerpo humano ha quedado convertido en uno de los territorios a asediar, siendo comercializado más allá de la ropa que lo cubre: a la moda que se encarga de revestirlo, hay que añadir la cosmética, el deporte compulsivo y la cirugía, tres frentes en guerra declarada a la vejez. De la continua insatisfacción programada con nuestra la imagen corporal solo nos preocupamos cuando conocemos las estadísticas de casos de trastornos alimenticios que cada vez afectan a una edad más temprana a la población. De seres humanos hemos pasado a seres consumidores, potenciales compradores, devoradores de productos que añaden plusvalía al sistema económico al incrementar con sus compras las ganancias de los fabricantes, quienes a la vez generan puestos de trabajo. De Homo sapiens a Homo consumer. Si consumimos somos buenos ciudadanos que estamos colaborando en el sostenimiento de la cadena de producción. De sujetos hemos pasado a compradores. Y las palabras clave son descuento y ahorro: "Si usted compra ahora habrá ahorrado un porcentaje (no cabe la posibilidad de no consumir) en sus compras, por lo tanto hágalo antes y podrá beneficiarse de suculentos descuentos, aunque eso que se lleve a casa no lo necesite en este momento". Estamos siendo adiestrados a consumir como es debido porque no queremos ser tontos.

El campo de lo emocional no queda exento de los intereses mercantiles, siendo capitalizada una zona de la subjetividad de difícil explotación. Cifrar el valor del amor se ha convertido en caballo de batalla para los productores, quienes a base de propaganda han ido avanzando posiciones hasta arrinconar al potencial consumidor. Los regalos han de manifestar de modo incuestionable el grado de afectividad que hay en juego, reduciendo el sentimiento a cosa, objeto consumible con obsolescencia programada. No es lo útil ni duradero lo que añade valor, sino lo efímero que pueda ser intercambiable en breve por otro objeto: consumibles. El concepto de calidad ha ido modificando subrepticiamente su significado: lo que para nuestros abuelos era bueno (la duración, los materiales, la fiabilidad…) no lo es para nosotros. La velocidad con que se diseñan nuevos objetos y la ferocidad con que se nos insta a cambiarlos, no deja margen de maniobra. La amenaza es el desfase: quedar fuera de onda. Esto nos sumiría en la tragedia de quedar desplazados del mercado laboral, lo que nos arroja tras las fronteras del bienestar al no poder consumir los productos que nos proporcionarían la felicidad absoluta.

La presión para consumir productos de todo tipo ejercida desde los medios de comunicación nos coloca ante la paradoja actual: tener de todo. Los límites se difuminan hasta hacer creer al consumidor que si no consume es porque no quiere, porque todo el que quiera tener algo, puede tenerlo. Esta compulsión al goce del objeto de consumo nos arroja a la necesidad de gastar, quemar, correr.

El amor a la pareja, a los hijos o los nietos, se convierte en estas fechas previas a la navidad en producto a comercializar. Los sentimientos son trabajados con minuciosidad en esta época tan proclive a lo hogareño: combatir el frío ambiental con calor humano. Las cosas -una vez inservibles- van dejando las casas repletas, hasta el punto de que la proliferación de empresas de alquiler de trasteros son negocio en alza: la acumulación puede ser otro bien que genere dividendos. Lo que en nuestra más profunda subjetividad deseamos ha quedado aplastado por una avalancha de imposiciones. Obligados a comprar y romper, nos hemos ido alejando lentamente de nuestra verdad inconsciente, lo que nos hace ser quien verdaderamente somos.

Dicho esto, felices fiestas.