Cuando se alinean las constelaciones, entran en armonía y se dan las condiciones propicias, resulta que dos personas se conocen, se gustan y se lanzan a fantasear que existe la posibilidad (nunca exenta de peligros) de poder alcanzar cierto grado de conjunción entre sus deseos, pudiendo darse el caso de que en su cálculo probabilístico concluyan que tal unión pudiera ser fructífera. Una vez sorteados los múltiples inconvenientes para que la relación se consolide (económicas, estéticas, educativas, familiares…) y enfrentados a sus propios miedos, a los cuales han de añadirse los que la sociedad inyecta, puede que si la biología condesciende, tenga lugar la concepción. Si el embarazo prosigue y llega a término se da la circunstancia de que el planeta habrá de dar acogida a un nuevo ser viviente, que trae de serie una extensa gama de capacidades, pero no menos impedimentos para su completo desarrollo.

Supongamos, siendo optimistas, que el parto se produjera sin dificultades, entonces sucede que el recién nacido es arrojado a un baño de sensaciones sin la dotación necesaria para hacer frente a tal cascada de sensaciones. Los extranjeros que habitan su entorno le hablan, le dicen de su procedencia, le manosean sin ningún pudor sus partes más íntimas, le nombran y encapsulan en un sistema de signos, normas, patrones, insignias y verdades para que el pequeño pueda sacar el máximo provecho a sus potencialidades. Previamente a descubrir que verdaderamente el extranjero es él, es introducido en una dieta, en un horario, en un clima que poco tenía que ver con su anterior habitáculo intrauterino; se le inducen a continuación una serie necesidades que se dan por ciertas (como el calor que su cuerpo precisa, el tipo de calzado que mejor se ajusta a su diminuto pie…), y se espera de él algo que es imposible de definir, porque en la mayoría de las ocasiones ni siquiera se ha hecho explícita esta petición, sino que más bien ha sido dada a entender, dejada caer. Por supuesto todo esto es por su bien.

Una vez superada esta fase (aunque nunca termina de serlo por completo, porque la absoluta adaptación al sistema no se produce), el infante ha de hacer frente a una multiplicidad de preguntas para las cuales ni siquiera posee el lenguaje para ser formuladas, como la causa de esos besos desproporcionados, el cansancio masivo de los padres, los ruidos de los claxons, o el olor tan desagradable del repollo. Con apenas movilidad que permitiera acceder a un grado mínimo de independencia, sin el lenguaje que permitiera transmitir sus necesidades, las cuales va acatando como si fueran propias, el recién llegado, entronizado pero sin voz ni voto, debe dar respuesta inmediata a las exigencias de su entorno. Ha de empezar a hablar y andar en un plazo determinado, debe controlar sus necesidades corporales dentro de los márgenes que su ámbito social determine como adecuadas, al tiempo que ha de estar fuerte y sano para acometer las variadas tareas que en su devenir existencial serán necesarias para convertirse en un ciudadano de provecho.

Increíblemente, en la mayoría de las ocasiones el infans cede, condesciende, acepta que es el precio por entrar a formar parte de los intercambios sociales; aprende que si se ofrece a dar respuesta a todas estas convenciones y estipulaciones la ganancia será mayor que la pérdida: obtendrá el amor de quienes le atienden. Elige perder para ganar. Anda, habla, come, deposita sus productos de desecho donde ha de hacerlo, obedece a lo que se le dice, aprende luego con rigurosidad a pronunciar la erre, a leer con velocidad, a responder a lo que se le pregunta, a no pensar demasiado por qué si la ge y la jota se pronuncian igual, a veces se pone una u otra dependiendo de cuestiones a las que su intelecto no alcanza; en resumidas cuentas, a dar cumplimiento a las necesidades de su grupo social. Y además, por el camino, en sus ratos libres, ha de ir construyendo su identidad la cual ha de ser firme y competitiva como el grupo actual demanda; también ha de adoptar una posición sexuada, jugando con las cartas que le hayan repartido de mano, cuestión extremadamente problemática en la que aquí no nos podemos extender.

En el primer momento de la existencia no son muchos los recursos con los que cuenta para emitir cierto disgusto por todo lo arriba referido: el llanto, el grito, la mala digestión, el insomnio; luego, el berrinche, la rabieta. Más tarde, el mal comportamiento, el bajo rendimiento escolar. Y por supuesto el síntoma.

Es entonces cuando los padres y acólitos, confrontados a la desagradable tesitura de que su querido e inocente retoño se rebela a los parámetros reinantes, emiten el veredicto: “Será un virus, o es que está con los dientes”. Y aquí finalizan las preguntas.