Vicisitudes de una escalera mecánica

 

El 15 de marzo de 2010, al recorrer los pasillos del transbordo de la estación de Avenida de América que conecta las líneas 6 y la 7 de la red de metro de Madrid, pude contemplar un insólito hecho: una joven semidescalza forcejeaba a brazo partido en la parte superior de una escalera mecánica para intentar recuperar su bota izquierda, cuya puntera había quedado atrapada entre el peldaño superior y los afilados dientes metálicos. Tuvieron que ser dos operarios del servicio de mantenimiento quienes extrajeran la bota de piel de las fauces de la escalera, tras varios minutos de denodados esfuerzos.

 

Puesto que era la primera vez que yo veía hacer uso de la fuerza a esta escalera mecánica —que había utilizado en multitud de ocasiones— me asigné la tarea de desentrañar el misterio de aquel arrebato, pues estaba seguro de que hasta aquella fecha la escalera había sido completamente inofensiva. Poco a poco, con el curso de mis indagaciones, fui comprendiendo las causas del inusual ataque.

 

Debo decir en descargo de la escalera, que era de subida, lo que significa que día tras día, año tras año, su trabajo consistía en transportar viajeros a lomos de sus peldaños, función que realizaba sin emitir el más leve chirrido de cansancio.

 

Comprobé más adelante que la gente no solo la pisoteaba sin contemplaciones, sino que en ocasiones arrojaba sobre ella papeles, chicles y otros productos de desecho. Incluso hay quien aprovecha el corto trayecto para sacar lustre a sus zapatos de modo gratuito, rozándolos con el cepillo que adorna sus laterales.

 

También detecté que en ocasiones los chicos en sus andaduras nocturnas la detienen de modo súbito pulsando el botón rojo de parada sin previo aviso, con el fin de incomodar a otros viajeros, paro forzoso que somete sus mecanismos a una tensión tremenda.

 

Si a esto añadimos que las únicas caricias que recibe son de manos efímeras de desconocidos en busca de sostén donde afianzarse; y que la chica a quien le fue arrebatada la bota era bien parecida, con una larga melena de color castaño y un bolso a juego con el calzado, nadie en sus cabales podría emitir un juicio de valor sobre el agresivo comportamiento de la escalera mecánica: cualquiera que hubiera estado en su lugar podría, en algún momento de su vida, haber cedido a la tentación de agarrar el pie de aquella chica.

 

Desde entonces, aunque estoy convencido de que tras aquel furibundo ataque la escalera recuperó la serenidad y es altamente improbable que pudiera repetirse en un futuro, cada vez que recorro ese transbordo, intento subir a pie las escaleras. Nunca se sabe.