Excriaturas

“No hay hombres sin sueños, ni pueblo sin literatura”

 

            Jugábamos de críos a repetir sin cesar una palabra tantas veces como fuera necesario hasta comprobar que en su infinita reiteración iba quedando progresivamente despojada de sentido, era absurda: rota la conexión con otros significantes es reducida a lo real; perdiendo el valor de significado, nada comunica: pura palpitación de goce[1]. Limitada la palabra a su material de producción, el sonido, lo real que aunque suena no funciona para llevar a cabo los intercambios comunicativos, es solo ruido, resto desechable por fuera del discurso, sucesión fonemática desalojada del sentido que permita enlazar los significantes. S1, significante solo, pieza suelta, apilamiento lingüístico desguazado que no consiente a la puesta en circulación mediante el ensamblaje a otro significante S2 que permita constituir un sujeto. Sicut palea, desecho, basura, estiércol. Aunque este abono pueda servirnos de nutriente, si se dan las condiciones idóneas, para no quedar desabonados del inconsciente[2].

 

            La letra hace referencia a este signo sin significado: lo no sabido por el Otro y que se desgaja de él, el Otro del Otro que no existe, lo que marca, divide y por tanto le hace inexistente: lo real del Otro, lo que resta del decir[3]. El real sinsentido en torno al cual se ha ido edificando la subjetividad mediante la circulación de los significantes, una vez que se produce el vaciado, la extracción de goce que tiene lugar por la entrada del significante fálico. Este real, que se infiltra entre los significantes, es lo que marca el cuerpo del sujeto como objeto a, resto de goce que no se puede apalabrar: lo que se descuelga del discurso. Discurso no pronunciable: insignificantizable. Pero que marca. Escrito en sucio sobre el lienzo del cuerpo con la letra del silencio que insiste hasta ser leída[4] en forma de síntoma.

 

            Si se denomina letrina al lugar donde se deposita[5] lo más íntimo del ser —en su carácter material—, la letra es aquel resto del Otro que no pudo ser capturado por las redes del significante; lo extraño, indescriptible, lo iletrado del Otro puro goce imposible de hacer significar, lo cual impide constituir un relato consistente a través del cual alcanzar el sentido último que el inconsciente, siempre del estatuto de lo no realizado, pretende completar con su fraseo interminable de ficciones construidas con aquellos significantes extraídos del discurso del Otro, inconsciente que en su almadraba pesca goce, cifrándolo; prótesis constituida con material significante superpuesta a aquella que no cesa de no escribirse y que se resiste a ser apresada, escabulléndose del campo de la palabra y que en el transcurso de un análisis ha de ser reducido, tomado a la letra, una vez se ha sido desbrozando el campo de las identificaciones que conforman el semblante del parlêtre, escudo simbólico-imaginario con que velar lo real de lo imposible de escribir: la relación sexual.

 

            Al apoyarnos en la etimología descubrimos que Litura significa tachadura. Mas el tachón siempre es trazado sobre algo: rasga. Emborronamiento que sirve de cimiento para que pueda asentar el rasgo. Letra como demarcación, señalización donde el símbolo pueda inscribirse y darse a leer. Letra como instancia desde donde pueda emitir el inconsciente, zanja, trinchera, hondonada para hacer espacio a lo simbólico que agarra algo del Otro. “Frente al encuentro con lo real, hay una llamada a la simbolización, una llamada que es recibida como viniendo del Otro[6]”. Escribe Lacan: “A partir del momento en que el sujeto habla hay Otro con mayúscula”[7]. Letra como resto del Otro localizado en el cuerpo. Resto, des-perdicio en el sentido de que no se puede perder, queda, aunque al margen de las coordenadas del código, motivo por el cual es indescifrable: es éxtimo.

 

            En la película Quills (Plumas) de Philip Kaufman, el marqués de Sade interpretado por Geoffrey Rush lleva a cabo la escritura en su cautiverio hasta sus últimas consecuencias. Habiendo sido privado de todo objeto con que poder escribir, y tras haber escrito con vino y posteriormente con sangre, acude al único producto que no es arrebatable: sus heces. Con este material propio mancha las paredes de la celda. Lo preso queda entonces impreso, de su puño y letra. Última tinta con que marcar, dar fe de existencia. Dis-tinción del lugar adjudicado por el Otro, tachadura que logra llevar al lector a la consternación: impresiona. En la conmoción del Otro puede ser leído un atisbo de existencia, que pasa por quedar dividido, en falta: Significante de A tachado. Es precisamente esa tacha, la tachuela donde se puede sujetar la falta en ser.

 

            ¿Con qué marca el ladrón la casa que ha robado? La firma personal, marca del chorizo, es esa: lo que abandona en el retrete (o en otros insospechados lugares de la casa como suelos, camas, alfombras…). Escritura con des-perdicio imposible de borrar, santo y seña de un real que se entromete sin respetar vallas, rejas, paredes ni puertas. No consiente a los efectos de la represión, manifestándose como resto excrementicio. Si retornamos al diccionario etimológico encontramos que defecar proviene del latín, siendo faex, faecis aquel residuo del vino que se deposita en la fermentación, lo cual ha derivado en que hez sea relativa a aquella escoria o desecho sobrante de la que hay que desprenderse en el proceso de elaboración. Los restos, bien leídos, conforman el rastro que indica el paso del animal.

 

            Excremento proviene a su vez de separación, siendo la raíz latina excernere, separar o decidir. Separación, deposición como arrancamiento que no se ha producido, escritura donde no ha tenido lugar la extracción de goce. Deposición como mecanismo que contrarreste la falta no inscrita para localizar una incipiente posición subjetiva, teniendo como consecuencia un vaciado intestinal: un agujero real donde lo simbólico no pudo evacuar. Una marca anónima pero perceptible, huella que no olvidará nunca el propietario de la casa robada y que dará lugar a la formalización de la denuncia en comisaría: registro simbólico amparado en jurisprudencia. Una escritura de orden simbólico formalizada en torno a la intromisión de lo real en forma de delito; delictum, que etimológicamente se enlaza a falta, transgresión referida a la omisión —aunque esta acepción abarcara con posterioridad a las faltas también producidas por acción—, significando lictum abandonar, faltar, quedar. Hacer falta, quedar representado: tal es el origen que da como resultado la constitución del parlêtre que Freud describió en el fort-da: el otro se va pero vuelve, no sabemos en busca de qué ha ido, pero algo le falta en mí que obliga a su regreso. Hago falta. Entonces puedo quedar: convertido en objeto de su necesidad, le significo, puedo alienarme a él. En términos deportivos hacer falta obliga al referee (árbitro como referente) a la amonestación, de la cual ha de tomar nota en el encuentro: queda escrita, a la espera de sanción. Se dice del jugador sucio que es aquel que recibe excesivas sanciones. Incidiendo en la cuestión de la suciedad, decimos de algunas escrituras que están en sucio cuando son desechables, portan en su letra la falta en sí. Son difíciles de leer. El delito llama a la letra, pide quedar[8], encontrar representación en el registro simbólico que dé cuenta de una posición subjetiva; y al lector que sancione el acto del sujeto.

 

            Cuando Lacan lleva a cabo su juego de palabras litter-letter está poniendo el acento en el papel puramente de resto que adquiere la carta robada en el cuento de Poe, al margen del material significante: no la encuentran porque erróneamente buscan el sentido, siempre del lado significante. Dupin da con la clave: es el trozo de papel, lo real, lo que había que buscar. E insistiendo en esta argumentación, en la película documental A cielo abierto de Mariana Otero, una escena memorable nos muestra cómo un niño autista, tras una experiencia de goce —gira y gira alrededor del adulto hasta llegar al mareo— necesita expulsar sus heces. Desalojo que expresa la pérdida que en su ser no tuvo lugar por no haberse instaurado la metáfora paterna. En el excusado —único lugar al que siempre podremos acudir, al poseer una excusa contundente— queda el resto, lo que se desprende: una escritura con materia fecal (que en ocasiones no podemos dejar de leer). Algo ha de ser expelido, evacuado[9]; vaciado que contrarresta un exceso, un lleno en demasía, de goce. Que fuera precisamente por el váter por donde el narco  “Chapo” Guzmán lograra escapar de prisión, demuestra que es este espacio el último resquicio donde lo excluido, lo sobrante, puede encontrar un lugar de intimidad. La proximidad que guarda este lugar con la palabra y la lectura es de todos sabida, habida cuenta de los revisteros que en algunas casas ornamentan estas estancias tan privadas. Que se exprese en términos coloquiales “voy a mandar en fax” al hecho de llevar a cabo estas funciones corporales, acaba por refrendar nuestra hipótesis de la cercanía entre escritura y las operaciones escatológicas, que indiscutiblemente llaman al papel.

 

            Lacan, siempre atento a lo poco accesible, jugó con el equívoco entre leer y reel (real en francés), lectura como reverso de lo real. Qué es el analista sino un lector de aquello más real que en el discurso del analizante se presentifica mediante las formaciones del inconsciente, letra que conforma una escritura elaborada con material de desecho (no entra a formar parte de lo consciente por ser extraño, incomprensible, éxtimo) dada a leer en la transferencia. La posición del analista podría ser definida como “estontería”: un lugar para el saber del analizante  que se escribe en el discurrir de la palabra. Estontería porque lo registrado en transferencia es el despliegue del puesto en acto de la absoluta ignorancia del parlêtre sobre la causa que lo habita.

            Personas completamente ajenas a la escritura encuentran en el cautiverio la necesidad imperiosa de escribir, de dejar rastro: han sido privadas de libertad. Se produjo el arrebato, el agujereado. La ley obligó por la fuerza a que se produjera la pérdida, una extracción. Hacer marca en el Otro con el escrito que sostiene lo poco que se puede decir de la pulsión: quedar inscrito, construyendo otro Otro que incita a la pulsión de escribir, y dejar postrero rastro de existencia. Aclaremos que Eschatos en griego significa último, final, postrero. Las últimas voluntades han de ser escritas, suelen advertirnos los notarios, para que quede testimonio con valor legal de cara a la formalización de la herencia: los restos que dejamos. Quedar para los restos, única forma de intentar eludir la castración de la evanescencia biológica de lo humano. 

            En una entrevista televisiva a Marcos Ana, uno de los presos que más años cumplió en prisión —veintitrés años— en el régimen franquista y recientemente fallecido, comentaba que tras desarrollar su labor poética a consecuencia del encarcelamiento tuvo el privilegio, tras ser puesto en libertad, de conocer a algunos de los más insignes escritores de la época, resaltando entre otros a Neruda. Fue gracias a la escritura que pudo dar a saber de su existencia y padecimiento: su poesía obtuvo reconocimiento, instituyéndose un lazo social que contrarrestara las vicisitudes de la pérdida de libertad. Supo hacer entre rejas con su sufrimiento, que lo simbólico revista[10] lo real, y el síntoma que no deja de no escribirse encuentre otro anudamiento. Que exista un registro en lo simbólico que posibilite la transmisión gracias a la escritura, y que los hechos acaecidos que marcaron al parlêtre puedan surcar el tiempo a bordo de la palabra, conformando en su devenir un lenguaje, único magma vivo que puede preservar los restos humanos de la erosión del tiempo arrastrando en su cauce semántico lo digno de ser conservado para las generaciones venideras.

 

            “Lo que hace la escritura es indicar el lugar de goce. Lo que se inscribe es ese acogimiento del goce en la letra, en la escritura[11]”.

 

            Recalcatti[12] discrimina siguiendo a Lacan entre letra y significante incidiendo en el vaciado de goce que procura el significante. Si bien la letra perfora, el significante excava: aunque ambas horadan, no son del mismo estatuto. La maquinaria lingüística opera sobre el cuerpo del viviente produciendo una marcación en forma de letra, un corte, daño, herida o inscripción que posibilitará la localización del goce; es sobre esta incisión donde pueden venir a instalarse otros significantes que otorguen sentido y digan del sujeto, si tras la alienación se produce la separación que aloje al objeto a. Letra y significante, dos cuestiones próximas pero diferenciadas, del mismo modo que dos escansiones son posibles en la “palabra”: pala y labra. La pala agujerea en el primer movimiento de hundirse en la tierra con su borde afilado y punzante; en el segundo saca, labra, trabaja, ahueca el espacio con su parte más ancha para que otra materia pueda caber. Ambas son herramientas de lenguaje, pero de la letra nada sabemos, por su cercanía a lo real: depende del terreno que la marca adquiera una u otra dimansión[13].

                    

    Si los terrenos donde se asientan las vertientes siberianas descritas en Lituraterrehubieran sido de otra consistencia, posiblemente otra hubiera sido también la escritura vista desde la altura por Lacan. El significante en su entrada en el cuerpo opera una forma única, dependiendo del modo de penetración y de qué significantes sean los impuestos, percusiones y rasguños que el sentido transformará en rasgo por la sucesión de significantes que vengan a cubrir lo imposible de nombrar y que conformarán el symptome, articulación personal que engarce pulsión y goce realizado con material significante, que a diferencia de lo real, no deja de escribirse. De que sepamos hacer con él dependerá el fin de análisis una vez localizada la letra a, objeto extraído del otro encarnada en el cuerpo que funciona como ahuecamiento alrededor del cual pueda circular la pulsión.

            F. Giraud, amiga de Lacan que tras un intento de suicidio pide análisis con él, escribe que “interrumpía la sesión en un punto sensible, en el momento en que el paciente va a poder cavar por sí mismo un surco fértil, (…)  en el que el paciente podía hacer su labor, como el de los labradores con la tierra[14]”. Corte que deje a la intemperie la letra, separada de los significantes que han constituido el sentido petrificado, consolidando una historia; corte que permita que esa letra pueda promover otra escritura, otro relato. Un significante nuevo que posibilite otro goce no tan devastador.

            Este planteamiento encuentra soporte en los desarrollos de Sergio Larriera[15], quien describe tres posibles goces de la letra: el goce propio del cuerpo de la letra, el goce uniano de la letra, y el goce semántico. Diferentes modalidades de goce que darían lugar a diferentes escrituras. El goce propio de la letra guardaría relación con el trazo garabateado que realizamos, por ejemplo al hablar por teléfono o al rajar con una cuchilla el brazo o el muslo; el goce uniano, con el borramiento del significante por el trazo; y el goce semántico como modo de merodear lo real del objeto mediante la metáfora y la metonimia. Podríamos arriesgar una partición de la escritura: la evocadora que busca acercarse al goce a través de la ficción mentirosa; la excavadora que hurga en lo real con el significante sin sentido; y la caligráfica. Partición no excluyente que puede quedar refundida en un mismo texto.

 

            Que la iniciación a la escritura por parte del infans se produzca en la arena del parque con el cubo, la pala y el rastrillo —que produce un rastro inconfundible—, y que luego prosiga, un poco más tarde en el vaho de los espejos, o en la página en blanco depositada por la nieve, pone de manifiesto la importancia de lo efímero como lugar para la escritura. Lo inasible de lo imposible de registrar, encuentra en lo perecedero, su repetición: se reitera lo in-significante. La mal-dición de la palabra, lo que no encuentra dicho que sostenga de una vez por todas lo real, encuentra su correlato en la e-dición. De este mismo orden es el papel del analista entregado a recibir la escritura del analizante bajo transferencia, lugar donde se reedita lo que causa sufrimiento por la vía de la palabra, que nunca acaba de cavar: no hay término.

            ¿Podría decirse que la escritura sería un real de orden lingüístico intentando hollar un agujero en lo real del Otro con material significante? Escribir para ser leídos, para dar que hablar o al menos que pensar, un modo de insertarnos en el Otro y cavar una hendidura en su discurso, que diga de nosotros y del texto escrito que somos, puesto que lo dado a leer hiende en el Otro, siendo lo escrito el vehículo de transmisión por medio del cual se ejercita el llamamiento que haga lazo. Escritura que, como escribió Freud[16], es “el lenguaje del ausente, la vivienda, un sucedáneo del vientre materno, primera morada cuya nostalgia quizá aún persita en nosotros”. Ausencia hecha palabra puesto que siempre hay falta: el lector al ser escrita la letra, o el autor cuando esta es leída. Ausencia que precipita la aparición del Otro, lo cual permite una separación de lo real, un alejamiento del real uniano y primordial, traumático, que dé cabida a otro real que no tema mentir[17], escritura de fricción que raspe lo real en vez de sostener la ficción de la existencia del Otro, de la posibilidad de escribir la relación sexual; fricción extractora que produzca la eros-ión, rozadura en lo real que excave un cauce para la pulsión por cuyo lecho pueda discurrir la libido, el goce sexual. Es-grito que dando a leer la experiencia del horror indecible permita alejarse, separarse de lo vivido mediante la hystorización que permita la toma de distancia del traumatismo, puesto que cernir el objeto tiene efecto de separación[18].

 

            ¿De qué libra el libro? Un objeto escritural que localiza goce, apalabrando lo indecible pero que concierne a lo real, objeto que se arranca del cuerpo para ser dado a leer, a la búsqueda de ese lector que sepa, tras su sabia elección, desentrañar lo que en su interior se aloja. Lector, colector, que haga de sus escritos colección. Llegar a lección, el objeto de muchas empeñadas escrituras, con la pretensión no tanto de raspar lo real sino de causar predilección. Escritura como localización y excreción de goce a disposición de un Sujeto Supuesto Lector a quien se le supone saber leer, más allá de la letra: entre líneas, de la buena manera (también el analista lee entre significantes, atendiendo de manera flotante). Quien ha publicado sabe que soltar el libro es una liberación, donación que apacigua al quedar recortado del magma pulsional un objeto a entregar (a veces en interminables entregas).

 

            Que la palabra libro provenga de liver, parte interior de la corteza de los árboles en donde se escribía, quizá guarde alguna conexión con el hecho de que es precisamente la parte separable del tronco del árbol, intersección entre lo duro, rígido y permanente, y la que se puede desprender: las partes muertas segregadas por lo vivo en crecimiento. Así queda materializado el receptáculo para lo escrito, donde la letra puede tener cabida y tomar cuerpo. De similar factura es la transferencia, lugar donde se posibilita escribir lo mortificante, mediante la puesta en funcionamiento de los significantes que constituyen al parlêtre y que en su repetición arrojan un texto que el inconsciente se encarga de cifrar. Que en el folio en blanco de la transferencia se admita la escritura, sin cuadricularla ni alinearla, dependerá del deseo del analista.

 

            La íntima conexión en habla inglesa entre libro y reserva[19] (de un lugar, un hotel por ejemplo), dos acepciones del significante book, reflejan la cuestión del alojamiento, intersección que ensambla la búsqueda del lugar por medio de la escritura, intento de articularse por la vía de la palabra en un espacio regentado por el Otro, que toma nota de nuestra existencia. Asimismo, que un libro con un número extenso de páginas sea denominado tomo, quizá nos permita cernir la cuestión del intento del escritor de atrapar algo del Otro lector a través de la puesta en marcha de la máquina literaria.

 

            Se escribe para el Otro, para un Otro que pueda leer: “Un escrito en la medida en que se puede hablar de él y es por tanto más bien una referencia que una enunciación[20]”. Promueve el discurso, ya no es el uno del goce: hay Otro, fuera. Aunque nadie lo leyera jamás, la misma escritura es portadora del germen del Otro, que llama a la letra. Que sea precisamente en la orilla donde acabe el mensaje dentro de la botella, parece indicar que es entre dos lugares donde pueda tener cabida la letra: lo real y lo simbólico; el agua, la tierra; la corteza y el corte de la raspadura en la superficie que arroja un resto: las virutas. Es precisamente en ese terreno dúctil y húmedo donde plantamos nuestra huella, para el Otro. Que nos refiramos coloquialmente a nuestras locuras más privadas, nuestros síntomas peculiares como rayaduras, alguna relación con el trazo pueda tener que ver.  Escrituras surgidas desde lo real sintomático que dicen de los textos inscritos que nos marcan, que una vez se manifiestan con su presencia mortífera pulsional nos proveen del pretexto definitivo para acudir al analista; escritos a los cuales solo se accede por la reducción producida en el análisis mediante el acto analítico y el deseo del analista que no se detiene en el sentido que encubre y vela lo real. Que suela ser el amor lo dado a leer en los troncos de los árboles indica la necesidad de hacer escritura del engaño efímero de querer persuadir al otro de que es poseedor de aquello que a nosotros nos falta[21].

 

            A través de la lectura proveniente del Otro, lo escrito puede ser puesto en entredicho, mutilación surgida de la palabra del Otro que sanciona el discurso con el arsenal de sus significantes, dando posibilidad a la constitución de un deseo como aquello de la demanda que no fue reabsorbido y que por ende se pierde, obligándonos a intentar recuperarlo mediante el trenzado del lazo social. Que los universitarios hablaran de él doscientos años, fue lo que Joyce predijo en relación a su Ulises. Gracias a su escritura, se va dando cumplimiento a lo profetizado.

 

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            Dice una niña en el exacto momento de abandonarse al sueño tras ser leído el cuento pertinente y ser arropada por su padre: “Soy una carta”. Una carta viviente escrita y forrada por las sábanas en el lecho (lectus). Lectus como lugar de la lectura, el momento de la palabra como recubrimiento del dormir. Abandonarse a la letra escrita, en la litera, que etimológicamente proviene de lectus, lecho; ser tenida en cuenta, ser contada, entrar en la contabilidad, dando valor a la palabra del Otro que cubre con las sábanas el cuerpo diminuto. El escrito es lo que cuenta: ser escrita, marcada por el significante que circunscriba la demarcación del no ser con el velo simbólico que recubre lo real, cercano a lo siniestro (Umheilich) que suele rodear los cuentos de hadas y brujas.

            El cuento sería, siguiendo esta reflexión, la balsa simbólica en la cual cruzar los sobresaltos de la noche con su oleaje y pesadillas. Una embarcación de palabras que impida embarrancar el frágil deseo de una niña de cuatro años. La cama, el sobre. Los sueños, escritura.

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[1] J.-A. Miller, El ultimísimo Lacan, pág 76

[2] La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud desarrolla esta cuestión.

[3] Jorge Luis Leyva, La letra: lo que resta del decir, artículo en internet

[4] Patricia Leyac, Escritura y letra, artículo en Internet.

[5] De-posición, posición-puesto, positivización del sujeto.

[6] Glaserman, M., La escritura y lo real, serie psicoanalítica, nº4

[7] Lacan, J., Seminario 3, pag 63

[8] Freud, S., Los delincuentes por sentimiento de culpabilidad, en Algunos tipos de carácter descubiertos en la labor psicoanalítica.

[9] Vacuo significa vacío, insustancial.

[10] No es casual que revista sea el término utilizado para nombrar un tipo de publicación.

[11] J.-A., Miller, La experiencia de lo real en la cura psicoanalítica, pág 188

[12] Massimo Recalcati, La clínica del vacío

[13] Juego de palabras entre dimensión y dit-mansión, lugar del dicho.

[14] De Francisco, M., Presencia del analista, pág 73

[15] Larriera, Sergio, El cuerpo en psicoanálisis, pág 148.

[16] Freud, S., El malestar en la cultura, pág 3034.

[17] Fajnwaks, F., Una lectura de “De un discurso que no fuera del semblante”,  El psicoanálisis 22, pág 134.

[18] Troianovski, L., Tras los refugios, lo real, El psicoanálisis nº24, pág 56

[19] La acepción de reserva como lugar donde se da alojo a los indios americanos, quizá indique con mayor precisión lo abordado.

[20] J.-A. Miller, El ultimísimo Lacan, pág 61

[21] Goya, A., Presencia del analista, seminario de investigación, pág 96.

[22] Traducción que Sergio Larriera hace de parlêtre.

[23] Es precisamente la respuesta del Otro lo que hace que el grito quede transformado en llamado.

[24] Aunque sería lícito plantear la incógnita de si hay Otro en la psicosis y cuál es su estatuto, claramente diferente del Otro de la neurosis.

[25] Tendlarz, S.E. ¿Qué es el autismo? Colección diva, pág 66

[26] Lo que denominamos el NP

[27] Diferencio escritura literaria, como ejercicio de escritura sobre el papel, de la escritura propiamente dicha, tal y como plantea Lacan.

[28] Texto Presentado En Las Jornadas De Carteles De La Efba Julio 2005. Trabajo Jornadas Grupos De Investigación. Efba 30/11/2002. Patricia Leyack