Llevar a la máxima producción nuestra capacidad de pensamiento trae aparejada una serie de incógnitas y vericuetos de difícil clarificación. Quizá si pudiéramos comenzar por plantear qué no es pensar, se entendería más fácilmente la cuestión a tratar. Obedecer no es pensar, memorizar no es pensar, dejarse seducir no es pensar, elegir entre los cuatro modelos de móvil que nos dan a escoger no es pensar, obsesionarse no es pensar… Si bien estas acciones pueden ser catalogadas como procesos de la razón, ninguno de ellos implica un acto de pensar propiamente dicho. A mi entender, pensar guarda relación con el modo en que un sujeto, de un modo libre, elabora con los datos que su realidad le proporciona, una abstracción que fruto de un proceso constructivo, puede dar como resultado una reflexión propia, una elaboración singular. Es debido a esto que pensar tenga un componente subversivo, rebelde y transgresor, contrario a lo establecido. Es un salto al vacío, una osadía que nos arroja a surcar el abismo de lo desconocido, porque cuando un sujeto piensa puede poner en cuestión aquellos parámetros prefijados que ya están constituidos y que conforman el sustrato cultural en la cual está inmerso.

Pensar guarda relación con un modo particular y subjetivo de entender lo que nos rodea, lo cual obliga a un cuestionamiento de la norma que rige nuestro proceder. Entender lo que sucede, comprender, implica hacer nuestro aquello que nos es puesto al alcance, apropiarnos de ello hasta asimilarlo, gracias al proceso de reflexión y no de genuflexión. Una vez que lo que nos rodea es entendido, podremos comportarnos en consecuencia con nuestro sistema moral. Solo entonces dejamos de ser obedientes, ya no damos por bueno ni por sentado lo que se nos inculcó: ahora lo hemos hecho nuestro.

Pero la valentía que implica pensar de un modo libre -quizá en otro artículo nos adentremos en esta intrincada cuestión- nos aproxima a algunos oscuros callejones de difícil salida, puesto que si llevamos a cabo el ejercicio de poner a trabajar nuestro propio intelecto cabe la posibilidad de que las conclusiones a las que lleguemos sean diferentes u opuestas a las de los demás, lo cual puede abocarnos a la soledad y el ostracismo. Ejercitar el pensamiento nos puede arrastrar a lugares poco transitados, lejos de la manada y a veces inhóspitos. Y es que pensar guarda relación con la creatividad: toda innovación surge de un proceso de pensamiento rupturista con las coordenadas prefijadas, y lo diferente suele ser enemigo de lo mayoritario. Sabemos desde antaño que lo malo conocido es preferible a lo bueno por conocer, por desgracia.

La tendencia del humano al gregarismo hace que cualquier aspecto que se salga de lo normativizado corra el riesgo de ser excluido, rechazado e incluso aniquilado. Son innumerables los casos de personas que padecieron tragedias por atreverse a hacer uso de su individualidad y poner en entredicho los convencionalismos sociales. Queremos que nos quieran, y uno de los mecanismos para lograrlo es ser normales, adaptarnos a la norma, adecuarnos, de aquí que en algunos casos diríase que más que educación fuera adecuación lo que se propone desde los estamentos educativos. Sin embargo la amputación que implica en el sujeto la inclusión absoluta en lo aceptable, puede cobrarnos un peaje en forma de sintomatología. La normopatía es precisamente la patología de aquellos que su extrema dedicación a adecuarse a la normalidad les ha llevado a enfermar. Atrevernos a ser quienes queremos ser, por más que sea algo que aliente la publicidad, da miedo: "Sé tú mismo, pero compra la marca que produzco", nos dicen; la libre traducción que hago de esto es: si te adhieres a las etiquetas que yo te proveo tendrás derecho a sentirte bien contigo mismo, pero has de pagar por ello el módico precio que tiene mi producto puesto que te estoy dotando de la posibilidad de tener identidad. Corremos el peligro de que nuestra identidad acabe convirtiéndose en lo idéntico, tirando por tierra nuestra individualidad. La masa subsume al sujeto corroyéndole la autenticidad.

No debemos olvidar que cada uno de nosotros somos únicos, irrepetibles, incorsetables, irreductibles al empaquetado, a la uniformidad. Y aunque los uniformes psíquicos y los corsets culturales nos atenazan por doquier, lo que el sistema no logra es hacer desaparecer el malestar, el síntoma, la muestra palpable de que hay algo que no anda, el mudo chillido que emite nuestro cuerpo cuando padece.

"Pensar incomoda como andar bajo la lluvia cuando el viento arrecia y parece que llueve más", escribió Pessoa. Quizá con esta brevísima disquisición sobre el pensamiento se entiendan un poco más algunos sucesos políticos y económicos que acontecen en nuestra apaleada sociedad.